Hay una universidad china, fundada en 1911, en la que una vez al año, se sientan Tim Cook, Satya Nadella, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jamie Dimon, Larry Fink, Michael Dell y, desde ahora, Jensen Huang.
Presidida por Tim Cook, CEO de Apple, llama la atención que semejante concentración de poder tecnológico y financiero occidental, se lleve a cabo lejos de Silicon Valley y, sobre todo, que sea en China.
Estos días se daba a conocer la noticia de que el CEO de Nvidia se incorporará al consejo asesor de la School of Economics and Management (SEM) de la Universidad de Tsinghua. Una noticia más, dentro de una semana en la que Jensen Huang aparece de manea afable por las calles de Pekín en todas las redes sociales, por lo que tampoco parecía nada extraño.
Pero más allá de la noticia, me llamó la atención algo: resulta que, en plena guerra tecnológica entre EEUU y China, sigue existiendo un espacio institucional donde, cada año, las élites empresariales occidentales y el establishment chino mantienen una relación estable, formal y extraordinariamente cercana. No podemos negar que parece contradictorio después de tantos titulares sobre desacoplamiento tecnológico entre ambos países.
Una diplomacia paralela
El consejo asesor del SEM de Tsinghua funciona, desde hace más de dos décadas, como una especie de diplomacia paralela del capitalismo global. Un canal informal, silencioso y estable donde algunas de las empresas más importantes de occidente mantienen contacto permanente con una de las instituciones más influyentes del ecosistema político y tecnológico chino.
Lo componen unos sesenta y cinco miembros y se reúnen cada año, en octubre, en Pekín. Como decíamos está presidido por Tim Cook y la lista de asistentes podría reflejar, de alguna forma, quienes son los ejecutivos de Silicon Valley con los que China quiere tener contacto cercano.
Pero, pese a todo, sigue sonando extraño: mientras Washington habla de soberanía tecnológica, rivalidad estratégica y reducción de dependencias críticas, restringe la exportación de chips avanzados y presenta a China como su principal rival (y a veces, casi enemigo) los líderes de las compañías tecnológicas más importantes de EEUU, viajan cada año a China y participan en una institución históricamente conectada con las élites del Partido Comunista Chino… ¿Cómo es posible?.
No. Tsinghua no es Harvard
Seguro que habéis leído más de un titular con la analogía “Tsinghua es el Harvard chino”, pero no es exactamente así. Tsinghua es, probablemente, la principal fábrica de élites tecnocráticas de China y de sus aulas salieron nada menos que Xi Jinping y Hu Jintao, además de gran parte del establishment político y empresarial chino.
Su School of Economics and Management, fundada en 1984, tuvo como primer decano a Zhu Rongji, arquitecto de las reformas económicas de los noventa y posteriormente primer ministro del país.
Y esto es importante porque en China las universidades de élite no funcionan únicamente como instituciones académicas. Son además también infraestructuras estratégicas del Estado: espacios de formación de cuadros, redes de influencia, plataformas de legitimidad y mecanismos de conexión entre industria, política, investigación y estrategia nacional. En Occidente solemos imaginar universidad, empresa y Estado como esferas relativamente separadas pero en China esas fronteras son bastante más difusas.
Veinticinco años, y la mesa sigue puesta
El consejo nació en el año 2000, en un momento en el que China se preparaba para entrar en la Organización Mundial del Comercio y el mundo occidental abrazaba la idea de que la integración económica acabaría produciendo, tarde o temprano, convergencia política. Era un momento de gran optimismo globalizador, la época en que las multinacionales estadounidenses expandían producción, capital y cadenas de suministro hacia China convencidas de que el crecimiento económico terminaría aproximando ambos sistemas.
El consejo era, en cierto modo, la materialización institucional de aquella visión del mundo. Quizá por eso, es fascinante que sigue existiendo.
Ha sobrevivido a la crisis financiera global, a la guerra comercial de Trump en su primer mandato, a Huawei, a Hong Kong, a la pandemia, a las tensiones geopolíticas, a los vetos de chips, al auge de la inteligencia artificial generativa, al regreso de Trump y a una nueva ronda de aranceles. Y cada año, siguen reuniéndose.
Se trata de una institución nacida en el optimismo del mundo post-Guerra Fría que ha sobrevivido a la fragmentación geopolítica del siglo XXI. Ahora bien ¿Qué revela sobre las condiciones reales del ecosistema real?
Para mi, esta es la clave: más allá de la retórica pública, las relaciones entre élites económicas e industriales no desaparecen de la noche a la mañana porque cambie el clima político. La economía global, especialmente en sus capas tecnológicas, sigue siendo demasiado interdependiente como para fragmentarse sin costes enormes para todos.

El caso Nvidia
Durante años, China llegó a representar aproximadamente una quinta parte de los ingresos de Nvidia pero, desde 2022, los controles de exportación estadounidenses han limitado progresivamente la venta de chips avanzados de inteligencia artificial al mercado chino. El argumento de Washington es impedir que tecnologías críticas terminen reforzando las capacidades militares o estratégicas de Beijing.
El problema es que la realidad económica no es tan simple. China no es un cliente más para Nvidia, es el único mercado del mundo con suficiente escala industrial, capacidad de fabricación, talento especializado, apoyo del gobierno y ambición estratégica como para competir realmente en la carrera de la inteligencia artificial, así que perder acceso a ese mercado no significa solo perder ingresos, significa acelerar el desarrollo de alternativas locales.
El propio Huang lo ha reconocido públicamente: las restricciones estadounidenses han permitido que empresas chinas como Huawei ganen terreno rápidamente en el mercado chino. Esa es una de las grandes paradojas de la guerra tecnológica: intentar limitar el avance chino puede terminar incentivando una autonomía tecnológica aún mayor.
Del 95% al 0%. Esa es la cifra que mejor explica por qué Jensen Huang se sienta ahora en una mesa donde antes no necesitaba estar o, al menos, no consideraba tan importante estar. En octubre de 2025, el propio CEO de Nvidia reconoció públicamente que la cuota de su compañía en el mercado chino de GPUs avanzadas para IA había caído del dominio absoluto al cero rotundo.
Tres años de controles de exportación sucesivos, A100, H100, las versiones recortadas A800 y H800, y finalmente el H20, han ido cerrando todas las puertas, mientras China aceleraba su sustitución doméstica con Huawei, Cambricon, Moore Threads o MetaX. Durante dos décadas, Nvidia vendía directamente a Alibaba, a Tencent, a ByteDance, al sistema universitario chino. Pero cuando un canal comercial de esa magnitud se cierra, hay que buscar otro canal. El asiento en Tsinghua se entiende mejor desde ahí, como una sustitución: cerrada la vía comercial, queda la institucional.
Aquí aparece, además, una contradicción personal que conviene nombrar. Huang lleva meses diciendo en Taipéi, su ciudad natal y a la que ha calificado de “epicentro de la revolución de la IA”, que sería un “horrible outcome” para Estados Unidos que los laboratorios chinos de IA acabaran funcionando sobre chips de Huawei. Pocos días antes del anuncio de que se unía a Tsinghua, recordemos que viajó a China formando parte de la delegación presidencial de Donald Trump. ¿Casualidad? No lo parece.
Vistas las dos cosas juntas, el cierre del canal comercial y el viaje con Trump, parece una decisión estratégica de manual: mantener puentes abiertos en el momento más delicado de la relación bilateral en décadas, sin contravenir formalmente ninguna restricción de exportación.
¿Qué obtiene cada parte?
A estas alturas te estarás preguntando lógicamente qué gana cada uno por estar ahí. Para Beijing, parece obvio: es un canal estructurado de acceso a los ejecutivos cuyas decisiones más afectan sus cadenas de suministro tecnológicas.
Como el consejo no tiene capacidad vinculante sobre las empresas representadas, no se trata de obtener compromisos formales, sino de algo más sutil y, creo que a largo plazo, más valioso: una lectura directa de cómo piensan, qué temen y hacia dónde se mueven esas empresas.
Para los CEOs, casi lo mismo: exposición directa al pensamiento de la élite económica china sobre las categorías en las que operan y, sobre todo, información que no aparece en informes públicos o briefings de embajada.
Pero, sobre todo, un canal abierto en un momento en que los canales diplomáticos formales se cierran. No es lobby ni es espionaje, sino algo bastante más interesante: un mecanismo de inteligencia mutua institucionalizado, sostenido durante un cuarto de siglo, que sobrevive precisamente porque ninguna de las dos partes puede permitirse el lujo de cerrarlo.
La incomodidad de la interdependencia
Ya se puso de manifiesto cuando estas empresas acompañaron a Trump en su visita a China: Apple continúa muy integrada en el ecosistema industrial chino, Tesla mantiene en Shanghái una de sus fábricas más importantes, BlackRock sigue buscando acceso al mercado financiero chino, Microsoft necesita presencia global, Meta siempre ha visto en China el mayor (y más atractivo) mercado de consumo del mundo y Nvidia no puede permitirse vivir sin el mercado asiático.
Eso no significa que la rivalidad geopolítica no sea real o que no vaya a seguir intensificándose durante años, pero también significa que la realidad es que la rivalidad entre China y Estados Unidos no ha eliminado la interdependencia, solo la ha vuelto más incómoda.
El consejo de Tsinghua simboliza precisamente esa incomodidad y plantea preguntas, también incómodas: ¿Puede existir un desacoplamiento tecnológico real mientras las élites empresariales de ambos bloques sigan profundamente conectadas? ¿Dónde termina exactamente la cooperación económica y dónde empieza la competencia estratégica? ¿Hasta qué punto las grandes tecnológicas estadounidenses actúan hoy no solo como compañías privadas, sino como actores geopolíticos con intereses propios, a veces distintos de los de Washington? ¿Y qué ocurre cuando las empresas que construyen la infraestructura tecnológica del siglo XXI necesitan mantener relaciones estables con ambos lados de la rivalidad más importante del planeta?
Lo que viene ahora
El consejo se reunirá de nuevo en octubre de 2026 y será la primera asamblea con Huang sentado a la mesa, probablemente también la primera bajo una administración Trump que ha endurecido aranceles, vetos y discursos.
Apenas horas después de conocerse el nombramiento, Laura Loomer, activista de extrema derecha y aliada cercana del presidente Trump, publicó en X una acusación frontal contra Jensen Huang: lo calificó de “amenaza para la seguridad nacional” y exigió al Pentágono que abriera una investigación.
Su argumento es que estos CEOs no puede sentarse a la vez en dos consejos, el de Tsinghua y el President’s Council of Advisors on Science and Technology, el órgano que asesora directamente a la Casa Blanca en materia tecnológica. “Estos líderes empresariales no pueden servir a dos amos a la vez“, escribió. “O son leales a Estados Unidos o son leales al Partido Comunista Chino.”
Loomer no es una voz cualquiera dentro del trumpismo. En los últimos años ha conseguido que la Casa Blanca despida a funcionarios del Consejo de Seguridad Nacional simplemente con publicar acusaciones en redes sociales. Pero que un objetivo suyo sea ahora el CEO de la empresa más valiosa del mundo, en plena guerra de chips, no es algo irrisorio, porque, según ella misma asegura, un alto funcionario del Departamento de Guerra le habría confirmado por escrito que están estudiando el caso.
Lógicamente su denuncia no se limita a Huang,y en posts posteriores amplió la lista para incluir a Tim Cook, Satya Nadella, Mark Zuckerberg, Michael Dell y Jamie Dimon, es decir, prácticamente todo el consejo.
Hasta ahora, ninguno de ellos ha renunciado. La diferencia es que durante dos décadas, esa mesa funcionaba en silencio, fuera del foco público y ahora, por primera vez, está sobre la mesa del debate político estadounidense (precisamente lo que el consejo había logrado evitar durante 25 años).
Durante años, Occidente asumió que la integración económica acabaría reduciendo las tensiones políticas, pero hoy hemos visto que ocurre casi lo contrario: las tensiones políticas aumentan mientras la integración económica sigue siendo difícil de romper, así que mientras Cook, Huang, Nadella, Musk, Zuckerberg, Dimon o Fink sigan sentándose alrededor de esa mesa, seguirá existiendo una voluntad compartida de mantener conectado el sistema. El problema es durante cuanto tiempo lo seguirán haciendo ahora que la noticia y la existencia de esa mesa ha saltado al debate público.
Parece que el verdadero indicador de ruptura entre China y Estados Unidos no será el día que haya un nuevo veto por aprte de EEUU, o un discurso de Trump, llegará el día en que esa mesa deje de reunirse.

