World Robot Conference 2026: qué revela China sobre el futuro de los robots humanoides

World Robot Conference 2026: qué revela China sobre el futuro de los robots humanoides

El año pasado me encontraba en Beijing durante la World Robot Conference 2025.

Yo estaba asistiendo a un seminario sobre medios de comunicación así que no pude asistir a la feria pero sí visitar el E-Town, visitar la primera tienda de robots humanoides del mundo, el centro de innovación, comer en un restaurante donde “trabajaban” robots humanoides y hasta ver el primer autobús autónomo.

Susana Garcia AI Insider - Robots Humanoides- IA China

Se había celebrado ya alguna carrera protagonizada por robots, y detrás de esas caídas, fallos o curiosidades que son las que se viralizan, pude darme cuenta de que estábamos ante algo mucho más grande de lo que podíamos imaginar.

Susana Garcia AI Insider - Robots Humanoides- IA China

Desde entonces vemos robots humanoides que caminan, corren, golpean una pelota, clasifican paquetes, manipulan objetos, estrechan manos y ejecutan movimientos. Como pasó con los modelos de lenguaje, cuando empezamos a interactuar en masa con ChatGPT, me quedaba atónita viendo cómo se criticaba que hicieran cometieran errores, normalizando cosas que, si nos las hubieran contado hace solo cuatro años, no las hubieramos creído.

La edición de la World Robot Conference 2026 (WRC2026), que se celebra del 19 al 23 de agosto, reúne a más de 300 empresas y miles de productos, y vuelve a ofrecer abundante material para alimentar la impresión de que la carrera de los humanoides consiste en averiguar qué compañía consigue construir el robot más ágil, más inteligente o más parecido a nosotros. Pero probablemente una de las cosas más interesantes que pueden hacerse este año en la WRC es exactamente la contraria: dejar de mirar durante un momento al robot completo y fijarse en lo que hay dentro.

Porque un humanoide no es realmente un producto, o al menos, todavía no conviene entenderlo únicamente así. Es también una extraordinaria concentración de motores, reductores, rodamientos, encoders, controladores, chips, sensores de fuerza, cámaras, baterías, tornillos de precisión, articulaciones integradas y sistemas de transmisión que tienen que funcionar juntos, ocupar poco espacio, pesar poco, consumir una cantidad razonable de energía y soportar miles o millones de movimientos sin degradarse. Una demostración puede sobrevivir con una pieza cara, delicada o fabricada casi artesanalmente. Una industria no.

Por eso creo que si en los últimos años tenía sentido preguntarse si una empresa china era capaz de construir un robot que caminara, corriera o manipulara objetos, deberíamos empezar a mirar de otra forma la robótica humanoide china.

En 2026 esa pregunta empieza a quedarse pequeña por motivos como este: el Ministerio de Industria y Tecnología de la Información estima que la producción de robots humanoides en China podría superar las 100.000 unidades este año. Si se cumple, la cifra seguirá siendo diminuta comparada con industrias como la del automóvil o la electrónica de consumo, pero es lo bastante grande para que aparezca un problema completamente distinto: ya no basta con construir un robot que funcione. Hay que conseguir que decenas de miles funcionen de manera parecida, durante mucho tiempo y a un coste que alguien pueda pagar.

Un cuerpo con decenas de pequeños problemas industriales

Para entender por qué los componentes importan tanto hay que mirar cómo se mueve un humanoide. Cuando una persona flexiona una rodilla no piensa en motores, transmisión, control o retroalimentación. El cuerpo hace todo eso de manera integrada. En un robot hay que reconstruir artificialmente ese proceso. Un motor genera el movimiento; algún mecanismo puede necesitar reducir su velocidad y multiplicar el par; un encoder informa de la posición del eje; sensores de fuerza permiten saber cuánto esfuerzo está aplicando; el controlador interpreta las órdenes y corrige constantemente el movimiento. Multipliquemos esa arquitectura por las articulaciones de las piernas, brazos, cintura, cuello y, si existe una mano verdaderamente diestra, por muchos grados de libertad adicionales.

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La propia WRC ha utilizado este año una pregunta aparentemente elemental para explicar una parte de su exposición: ¿cómo se mueve un robot?.

La respuesta muestra precisamente el problema industrial: motor, driver, reductor, rodamiento, husillo, sensor y módulo articular forman una cadena física en la que una mejora aislada no garantiza un mejor robot. Una articulación puede tener mucha fuerza y pesar demasiado o ser extremadamente precisa y consumir demasiada energía. También puede funcionar magníficamente durante una demostración y no hacerlo después de unos meses de uso intensivo. Por eso varias empresas están integrando reductor, motor, controlador, encoder y sensores dentro de módulos articulares cada vez más compactos. El objetivo no es solamente lograr un movimiento espectacular, sino convertir una parte complicada del robot en algo reproducible, instalable y, algún día, sustituible.

Ese cambio se aprecia también en los productos que están llegando a Beijing: Benmo Technology, por ejemplo, ha presentado en la WRC una nueva familia de articulaciones integradas junto con motores frameless y motores de rotor hueco, poniendo el énfasis no únicamente en el rendimiento, sino en conceptos mucho menos vistosos y mucho más importantes para una fábrica: trabajo continuo, cargas elevadas, resistencia a impactos, estabilidad y vida útil. GigaDevice está mostrando controladores y electrónica para articulaciones, manos y sistemas de percepción, incluidos diseños destinados a reducir el calentamiento dentro de una articulación cerrada. Es un lenguaje diferente al de los saltos y las carreras. Es el lenguaje de la industrialización.

Y aquí aparece una diferencia fundamental entre construir un prototipo y fabricar un producto. En un prototipo preocupa que la articulación alcance el par necesario. En una línea de producción preocupa además cuánto cuesta, cuántas horas dura, qué porcentaje sale defectuoso de fábrica, si dos unidades responden igual, cuánto tarda el proveedor en entregar diez mil, qué ocurre cuando falla una pieza y cuánto tiempo requiere sustituirla. La ingeniería empieza a mezclarse con calidad industrial, logística y economía.

La historia de la robótica está llena de demostraciones impresionantes que nunca superaron esa transición.

El verdadero enemigo no siempre es la tecnología: puede ser la vida útil

La WRC ya había dejado una advertencia interesante dos años antes. En la edición de 2024, varios ejecutivos chinos explicaban que uno de los principales obstáculos para aumentar la producción no era conseguir que el robot se moviera, sino la fiabilidad de la cadena de suministro. El fundador de Ti5 Robot señalaba entonces que los problemas de calidad de determinados componentes limitaban el volumen que podían fabricar, mientras que los reductores armónicos aparecían entre las piezas críticas.

Dos años después el problema no ha desaparecido. Una pieza que funciona durante cien horas puede ser suficiente para desarrollar un robot pero una máquina destinada a trabajar diariamente en una fábrica necesita miles de horas. Y esa diferencia es enorme porque muchos componentes de un humanoide soportan movimientos repetitivos, cambios de dirección, golpes, vibraciones y cargas variables. Y esto no es ninguna tontería porque una pequeña holgura que apenas se nota en una demostración puede acabar haciendo que falle la precisión de una mano, y una articulación que se calienta demasiado reduce el tiempo efectivo de trabajo o acelera el desgaste.

TrendForce ha señalado precisamente que China puede aprovechar capacidades procedentes de su enorme cadena del vehículo eléctrico para acelerar la localización de motores, sistemas de potencia y otras piezas, pero advierte de que los humanoides presentan exigencias superiores de miniaturización y que la durabilidad y la fiabilidad a largo plazo siguen siendo barreras importantes para el despliegue real.

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Eso explica por qué resulta especialmente revelador que la WRC de 2026 no haya reservado el protagonismo únicamente a los fabricantes de robots completos. Entre sus actividades hay encuentros específicamente dedicados a los componentes centrales y, de forma todavía más explícita, una sesión bautizada alrededor de los “campeones ocultos” de la cadena de componentes. Allí aparecen reductores armónicos, husillos planetarios de rodillos, sensores de fuerza de seis ejes, manos de alta destreza y módulos táctiles. La propia descripción del encuentro reconoce que existen ámbitos como los encoders de alta gama y determinados módulos de control de fuerza donde persiste dependencia de tecnología importada.

Ese reconocimiento es importante porque permite evitar dos caricaturas bastante habituales. La primera sería afirmar que China depende de componentes extranjeros para construir sus humanoides, algo que ya no es cierto a nivel general de la industria. La segunda sería afirmar que la cadena está completamente localizada y el problema está resuelto, algo que tampoco es cierto. Lo interesante es precisamente el espacio intermedio: existe una cadena doméstica extraordinariamente amplia y cada vez más sofisticada, pero la frontera competitiva se está desplazando hacia precisión, consistencia, vida útil y prestaciones en componentes de gama alta.

Del motor a la mano: dónde puede esconderse el valor

No todas las piezas tienen la misma importancia y tampoco sabemos todavía qué arquitectura terminará imponiéndose. En las articulaciones existen diferentes combinaciones de motores, reductores y transmisiones. En las manos compiten diseños accionados por tendones, enlaces mecánicos, pequeños actuadores o sistemas de accionamiento directo. Algunas compañías buscan muchos grados de libertad y máxima destreza y otras, sin embargo, prefieren simplificar la mecánica para conseguir menor coste, menor peso y mayor fiabilidad.

La mano es un buen ejemplo de por qué esta industria todavía está abierta. Hacer caminar a un robot es extremadamente complejo, pero lograr que utilice herramientas, doble ropa, inserte un componente, coja un objeto frágil o manipule productos de tamaños distintos exige otro nivel de percepción y control. En la WRC están apareciendo manos que combinan pequeños motores, husillos de precisión y sensores táctiles, y algunos fabricantes han empezado a publicar pruebas de cientos de miles o millones de ciclos para demostrar durabilidad. LinkerBot, por ejemplo, está trabajando simultáneamente con diferentes arquitecturas de manos, sistemas de teleoperación y bibliotecas de habilidades. Lo interesante, más allá de quién tiene más dedos o movimientos, es que todavía se está decidiendo cuál es la mejor relación entre destreza, complejidad, coste y vida útil.

Algo parecido sucede con la percepción física. Una cámara permite al robot ver un objeto, pero no le dice necesariamente con qué fuerza lo está agarrando. Los sensores de fuerza y par (capaces de medir tanto la presión que ejerce el robot como el esfuerzo de giro que soportan sus articulaciones) permiten cerrar ese bucle: medir cómo está interactuando físicamente con el mundo y corregir el movimiento. A medida que los robots abandonen escenarios preparados y entren en fábricas, hogares o almacenes, será cada vez más importante ajustar sensibilidad, precisión, tamaño, resistencia y coste.

Por debajo aparece incluso una capa todavía menos visible: microcontroladores, electrónica de potencia, chips analógicos, comunicaciones y almacenamiento. Un humanoide puede incorporar un gran procesador encargado de ejecutar modelos de inteligencia artificial y recibir casi toda la atención mediática, pero necesita numerosos controladores pequeños tomando decisiones en tiempo real sobre motores, articulaciones y sensores. Es una buena ilustración de cómo se reparte el valor de una industria tecnológica. Yo estoy convencida de que muchos robots no necesitan ser humanoides (a veces las piernas podrían ser sustituidas por ruedas, por ejemplo) pero hay una segunda capa que consiste en darle visibilidad.

La ventaja que China ya construyó para otra industria

Aquí es donde la comparación con el vehículo eléctrico se vuelve especialmente interesante. China no llegó a dominar buena parte de la industria del coche eléctrico únicamente porque BYD, Geely, SAIC o los nuevos fabricantes aprendieran a diseñar buenos automóviles. Lo que lo hizo tan importante es que se construyó una densísima red de fabricantes de baterías, materiales, motores, inversores, electrónica de potencia, imanes, componentes mecánicos y maquinaria. Esa infraestructura redujo costes, acortó los ciclos de desarrollo y permitió que una empresa pudiera cambiar de proveedor, probar diseños y aumentar rápidamente su producción.

Los datos permiten entender la dimensión de esa ventaja. La Agencia Internacional de la Energía calcula que China produjo alrededor de 16 millones de vehículos eléctricos en 2025, aproximadamente tres cuartas partes del total mundial, y concentra más del 80% de la producción de celdas de baterías y porcentajes todavía mayores en varios materiales críticos para ellas.

Un humanoide no es un coche con brazos y piernas, pero algunas capacidades industriales se transfieren sorprendentemente bien. McKinsey ha señalado que muchos componentes relevantes para la robótica humanoide se solapan con la cadena del vehículo eléctrico y estima que China concentra alrededor del 90% de la capacidad mundial vinculada a imanes permanentes utilizados en motores, aproximadamente un 40% en rodamientos de precisión y encoders de posición y cerca del 30% en placas de accionamiento y electrónica de potencia.

Esto no significa que un proveedor de automóvil pueda empezar mañana a fabricar articulaciones humanoides. Las tolerancias, dimensiones, pesos y ciclos de trabajo son totalmente distintas. Pero sí significa que China no comienza desde cero en esto. Tiene empresas que saben producir motores, baterías, rodamientos, electrónica, materiales magnéticos y mecanizado de precisión, fábricas capaces de industrializar diseños, redes logísticas; proveedores próximos unos a otros y un mercado interno suficientemente grande para permitir muchas iteraciones.

La comparación con el smartphone apunta en la misma dirección. Una de las ventajas históricas de Shenzhen y del delta del río Perla no ha sido únicamente disponer de grandes fabricantes de teléfonos, sino poder encontrar en un radio relativamente pequeño empresas especializadas en placas, cámaras, baterías, conectores, motores diminutos, carcasas, sensores y fabricación electrónica. La proximidad entre quien diseña un producto y quien puede modificar una pieza reduce el tiempo que transcurre entre una idea y la siguiente versión. En una industria de humanoides que todavía cambia de arquitectura cada pocos meses, esa velocidad puede ser tan valiosa como cualquier patente.

Pero hay una diferencia que conviene no pasar por alto, y es que el smartphone encontró muy pronto un mercado muy grande con millones de consumidores y terminó convergiendo hacia arquitecturas relativamente estables, pero el mercado de los robots humanoides todavía no tiene ninguna de esas dos cosas. No se sabe aún qué diseño dominará ni cuántos robots podrá absorber realmente el mercado. Tener una gran cadena de proveedores es una ventaja industrial, no una garantía de que exista demanda suficiente para todos ellos.

Puede que sobren fabricantes de robots y falten buenos fabricantes de piezas

China tiene decenas de compañías presentando robots humanoides y muchas más entrando en el ecosistema de embodied intelligence. Es extremadamente improbable que todas terminen convirtiéndose en grandes fabricantes de producto final así que algunas desaparecerán, otras se fusionarán, algunas se especializarán en nichos y probablemente un grupo reducido alcance suficiente escala. Parecido a la industria de los chips y a tantas otras.

Sin embargo, para un proveedor, por ejemplo una empresa que fabrique una articulación, un sensor de fuerza o un motor bueno, da igual la marca de humanoides que gane cuota de mercado, porque puede vender a varias, e incluso puede aplicar el mismo conocimiento en brazos robóticos, robots móviles, cuadrúpedos y otras categorías de automatización. Está clarísimo que, en una industria todavía tan fragmentada, vender la pala puede ser más atractivo que buscar oro.

No obstante, además de fragmentada es una industria incipiente, así que no conviene disfrazar esto como una versión simplificada de la vieja teoría de “picks and shovels” porque un proveedor también corre su propio riesgo tecnológico. Si los fabricantes cambian los componentes estratégicos, algunos suministradores también quedarán atrás. Ser proveedor de muchos fabricantes solo es una ventaja mientras el componente siga siendo necesario y competitivo.

Precisamente por eso la WRC resulta una feria tan reveladora, al dejar de exhibir únicamente las grandes marcas fabricantes de robots y mostrando una selección mucho menos visible de fabricantes de motores, reductores, sensores, chips, transmisiones, manos y articulaciones.

La estandarización: la señal de que una tecnología quiere convertirse en industria

Existe además otro fenómeno que suele aparecer cuando un sector quiere abandonar la fase experimental: los estándares.

El Ministerio de Industria chino afirma que hay cerca de 200 estándares relevantes para humanoides en desarrollo y a finales de 2025 constituyó un comité específico de normalización para robots humanoides y embodied intelligence, desde tecnologías básicas y componentes hasta sistemas completos, aplicaciones y seguridad.

Entre los proyectos en marcha resulta especialmente significativa la normalización de interfaces para articulaciones integradas, con requisitos mecánicos, eléctricos y de comunicación, junto con trabajos sobre sensores de par, drivers de motores, reductores, sensores visuales y métodos de evaluación de fiabilidad.

Puede parecer burocracia técnica, pero tiene enormes consecuencias económicas. Si cada fabricante utiliza una interfaz completamente diferente, cambiar de proveedor obliga a rediseñar parte del robot. Si existen métodos comunes para medir precisión, vida útil o resistencia, los fabricantes pueden comparar componentes y si las conexiones mecánicas y de comunicación empiezan a converger, resulta más fácil tener un segundo proveedor, sustituir módulos y aumentar producción.

Eso no significa que todos los robots vayan a construirse con piezas intercambiables como un ordenador. La industria es muy joven para ello y una estandarización temprana puede no funcionar. Es más probable que la normalización avance primero allí donde ofrece más valor sin impedir la innovación: interfaces, seguridad, comunicaciones, ensayos y formas comunes de medir prestaciones, pero de cualquier forma China está demostrando que trata el robot humanoide, no tanto como proyecto científico sino que trata de construir alrededor de él toda una industria.

El robot que importa quizá no tenga nombre

Durante mucho tiempo hemos seguido la robótica humanoide mirando marcas. Boston Dynamics primero, Tesla después y, en los últimos años, Unitree, UBTECH, Figure, Agility, Apptronik o las nuevas compañías chinas. Es lógico: el robot completo tiene nombre, cara, vídeos y una historia que contar.

La industrialización suele ser menos fotogénica.

Si China pasa realmente de fabricar decenas de miles de humanoides a cientos de miles, la ventaja no se medirá solamente por quién consiga correr más rápido. Se medirá en coste por articulación, horas de uso eficiente, consumo energético, precisión después de miles de ciclos, porcentaje de piezas defectuosas, tiempo de entrega, facilidad de mantenimiento y capacidad de fabricar cien unidades idénticas y después diez mil.

La WRC de 2026 está dejando ver ese cambio. El humanoide continúa siendo el escaparate mediático, seguiremos distraídos con robots que corren, bailan o se caen, pero detrás comienza a fraguarse la industria que lo hace posible posible y dentro de un tiempo veremos que se pretendía conseguir con ello.

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Susana García

Formación a empresas, conferenciante y redactora Inteligencia Artificial.
Autora libros “IA desde cero” y "Técnicas y Modelos de Machine Learning"
Profesora Ingeniería Industrial en la Universidad Nebrija y Negocios Digitales en la Univ. Europea.
Especializada en IA China
Economista de profesión y periodista de vocación.
Escribo sobre la industria de la IA en AI Insider y sobre IA China en la Revista Mundo Global.

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