Durante estos días, los robots humanoides chinos han vuelto a ocupar televisiones, periódicos y redes sociales. Corren los 100 metros, juegan al fútbol, practican artes marciales, levantan pesos y participan en competiciones organizadas con una estética cada vez más parecida a la del deporte profesional humano.
La imagen funciona muy bien, genera titulares y ofrece a fabricantes, universidades y autoridades una forma extraordinariamente eficaz de enseñar avances que, explicados mediante fichas técnicas, no le interesarían a nadie fuera de los laboratorios. Ese espectáculo es un campaña de marketing bastante barata y eficaz y sería una tontería negarla. Pero también sería una tontería quedarse solo ahí y perderse lo que hay detrás.
Mientras el espectador ve un robot corriendo y presta atención a los momentos más divertidos como caídas o la parte casi cómica de la escena, el ingeniero ve un sistema intentando mantener estable un cuerpo articulado, coordinar decenas de movimientos, administrar energía, controlar motores, procesar información del entorno y corregir constantemente su trayectoria.
Algunos se preguntan para qué necesita China un robot capaz de ganar una carrera. Pero es que no lo necesita, o al menos como lo vemos desde la superficie. Tampoco necesita futbolistas humanoides ni robots que nos amenicen con maravillosas coreografías. China no está interesada en la carrera como tal, sino en qué problemas de ingeniería ha tenido que resolver una máquina para poder correr así, jugar un partido o realizar una secuencia compleja de movimientos y, sobre todo, en qué otras actividades pueden resultar útiles después de desarrollar esas capacidades.
Correr no consiste simplemente en mover las piernas
El caso más evidente (y el más fácil de imaginar para todos) es el atletismo.
En los últimos meses China ha organizado carreras de velocidad y una media maratón específica para humanoides en Beijing E-Town.
Las noticias nos contarán de los tiempos obtenidos, en comparación con años anteriores o en cuánto falta para acercarse a determinadas marcas humanas, pero técnicamente una carrera sirve para someter al robot a una combinación de exigencias que resultan difíciles de reproducir de manera tan sencilla y comparable en un laboratorio. Para desplazarse con rapidez, un humanoide tiene que calcular continuamente dónde se encuentra su centro de gravedad, decidir cómo apoyar cada pie, coordinar las articulaciones de piernas, cadera y torso y corregir pequeñas desviaciones antes de que se acumulen. Cuando la prueba dura más tiempo aparecen además la resistencia de los componentes, la autonomía de la batería, el calentamiento de motores y electrónica, el desgaste mecánico y la capacidad de mantener miles de ciclos de movimiento sin perder precisión.
Nada de eso convierte al robot en un trabajador industrial. Correr veintiún kilómetros no equivale a ser capaz de trabajar durante un turno dentro de una fábrica, pero muchos de los problemas son transferibles: una empresa que algún día quiera utilizar cientos de humanoides necesitará saber si pueden permanecer activos durante horas, si los actuadores mantienen su rendimiento después de miles de movimientos, cuánto aumenta la temperatura del sistema, qué consumo energético tienen y cómo responde el cuerpo cuando comienza a desviarse de la posición prevista.
Los que hemos corrido medias maratones sabemos que es una distancia que lleva esas variables al límite de una forma extremadamente visible. Cuando hablamos de robots, no nos engañemos, no se organiza porque exista un mercado futuro de corredores robóticos, sino porque la resistencia es una capacidad mucho más fácil de poner a prueba cuando obligamos a una máquina a recorrer 21 kilómetros que cuando enseñamos un vídeo de treinta segundos. Y de paso, la repercusión mediática, pese a no ser lo que se persigue, también es mayor.
Un partido de fútbol prueba algo completamente diferente
El fútbol añade otra capa de dificultad. En una carrera, el objetivo se encuentra siempre en la misma dirección y el entorno puede mantenerse relativamente controlado. En un partido aparecen otros robots, una pelota que cambia continuamente de posición y decisiones que ya no pueden prepararse exactamente de antemano. Para jugar, el sistema necesita percibir qué ocurre alrededor, localizar el balón y la portería, estimar distancias, decidir hacia dónde desplazarse, coordinar esa decisión con el movimiento de todo el cuerpo y volver a evaluar la situación unos instantes después. Tampoco se persigue que algún día tendremos una liga profesional de robots, se está midiendo la percepción, decisión y movimiento a funcionar simultáneamente en un entorno en constante movimiento.
Eso empieza a acercarse mucho más a los problemas que tendrá que resolver un humanoide fuera de una competición. Una caja puede no encontrarse exactamente donde indica el plano de un almacén, una persona puede cruzar por delante del robot, o una pieza puede llegar ligeramente girada. Un sistema que solo sabe repetir una trayectoria previamente establecida funciona muy bien mientras el mundo se comporte exactamente como esperaba pero en el mundo real necesitan percibir la diferencia, interpretar lo que ha ocurrido y modificar su comportamiento.
Bailar también tiene ingeniería detrás
Lo mismo sucede con algunas de las imágenes más virales de los humanoides chinos que todos recordamos en la celebración del Año Nuevo Chino. Bailes sincronizados, kung-fu, gimnasia o movimientos que parecen diseñados fundamentalmente para sorprender al público tienen evidentemente una función promocional… pero una secuencia de veinte robots bailando una coreografía significa oordinar piernas, brazos y torso mientras se desplaza el centro de gravedad exige un control de todo el cuerpo bastante más sofisticado que permanecer quieto o ejecutar un movimiento aislado. Una coreografía exige precisión temporal, exige cambios rápidos de apoyo ponen a prueba equilibrio y estabilidad. Las artes marciales incorporan aceleraciones más bruscas y movimientos en los que una desviación pequeña puede alterar completamente la postura. Ninguna de esas demostraciones prueba por sí sola que el robot tenga inteligencia general ni que pueda desenvolverse de forma autónoma en cualquier situación. Pero sí obliga a mejorar capacidades físicas que después pueden reutilizarse en una fábrica o ¿por qué no? para fines militares.
Esta distinción es importante porque cambia la forma de interpretar prácticamente cualquier vídeo de robótica. La tarea que vemos y la tecnología que permite realizarla no son necesariamente la misma cosa. No necesitamos robots capaces de bailar, pero podemos necesitar máquinas con suficiente coordinación corporal como para mantener el equilibrio mientras ayudan a mover a una persona mayor y mantener su propio equilibrio mientras soporta una fuerza externa, controlar con precisión el movimiento de brazos y manos y adaptar la fuerza que ejerce sobre un cuerpo humano. Tampoco necesitamos que sepan kung-fu, pero puede ser muy valioso disponer de sistemas capaces de recuperar rápidamente la estabilidad después de una perturbación. Las capacidades de un robot futbolista pueden ayudar en catástrofes naturales donde el entorno es impredecible donde necesitan detectar objetos, calcular trayectorias y reaccionar ante movimientos inesperados.
Está claro que determinadas capacidades pueden tener aplicaciones industriales, de rescate, seguridad o defensa y la capacidad física es en buena medida neutral respecto al lugar donde termina utilizándose.
La competición convierte el desarrollo en algo medible
Aquí aparece otro motivo por el que las carreras y competiciones encajan tan bien con el modelo tecnológico chino. Una competición introduce algo básico: varios equipos intentan resolver el mismo problema bajo unas reglas compartidas y los resultados se vuelven visibles.
Cada robot tiene un cuerpo distinto y las condiciones del mundo físico son difíciles de estandarizar , así que las competiciones permiten medir resultados y comparar una prueba concreta y, además, la existencia de muchos participantes introduce presión. Empresas, universidades y laboratorios trabajan simultáneamente sobre problemas parecidos, prueban soluciones distintas y pueden observar qué enfoques funcionan mejor. Esa competencia interna ha sido una característica recurrente del desarrollo de varios sectores tecnológicos chinos. No siempre produce resultados positivos y puede degenerar en guerras de precios o en la competencia excesiva que China denomina neijuan, pero no cabe duda de que, en una industria todavía en formación, también puede acelerar la experimentación. El objetivo no consiste necesariamente en encontrar inmediatamente una solución perfecta, sino en hacer que muchos actores iteren con rapidez.
Las carreras son especialmente eficaces para eso porque el progreso se vuelve visible y sobre todo, medible. Se puede comparar una edición con la siguiente y, si surgen problemas, obligan a modificar hardware y software. Al año siguiente vuelve a existir una referencia frente a la que medirse. El ganador obtiene visibilidad, pero lo más importante es que todos los participantes obtienen información sobre dónde están sus límites.
Cuando los Juegos dejan de ser solamente deporte
La evolución de los World Humanoid Robot Games muestra además hacia dónde se dirige este mecanismo. Junto a atletismo, fútbol, artes marciales y otras pruebas deportivas, el programa incorpora cada vez más escenarios relacionados con actividades reales: logística, manipulación, montaje, hoteles, comercios, servicios, operaciones industriales o utilización de herramientas. Empiezan a aparecer pruebas consistentes en clasificar objetos, conectar un cable o realizar una operación de montaje que pueden parecer mucho menos espectaculares que una carrera de cien metros, pero probablemente sean más importante para la comercialización de los humanoides.
China mantiene ambos tipos de competición: el deporte genera situaciones límite y visibilidad pública y los escenarios industriales permiten comprobar si las capacidades desarrolladas empiezan a tener utilidad económica.
La World Robot Conference que se celebra estos días en Beijing E-Town refuerza ese desplazamiento. Además de exhibiciones y lanzamientos, esta edición incorpora iniciativas destinadas a buscar aplicaciones concretas para robots que ya se encuentran en condiciones de producción. El Global Robot Application Exploration Plan pretende poner determinadas plataformas a disposición de desarrolladores y equipos externos para explorar usos que quizá ni siquiera hayan sido identificados todavía por los fabricantes. La lógica es bastante interesante: primero se construyen capacidades generales y después se amplía el número de personas y organizaciones que intentan descubrir dónde pueden generar valor.
El espectáculo es la parte que podemos entender
Todo esto ayuda también a explicar por qué China dedica tantos recursos a convertir la robótica en un acontecimiento público. Un país más amigo de innovar que de contárselo al mundo, consigue así mostrar sus avances técnicos a inversores, ciudadanos, empresas y potenciales clientes, sin necesidad de dar demasiada información.
Así que la próxima vez que veamos una caída de un robot, o nos parezca gracioso que organicen competiciones con robots (no hay nada de malo en ello), pensemos también en lo que significa en cuanto a innovación, precisión y en las utilidades que aún no somos capaces de imaginar.
No olvidemos que lo importante no es la competición, sino todo lo que el robot ha tenido que aprender para poder ofrecer ese espectáculo.

