Si uno se asoma hoy a cualquier red social, a cualquier conversación sobre inteligencia artificial, la sensación es que todo lo que necesitábamos y todo lo que la inteligencia artificial podía ofrecernos, ya ha llegado: los agentes de IA.
Los agentes responderán nuestros correos, reservarán nuestros viajes, gestionarán la agenda, tramitarán devoluciones y negociarán con otros agentes mientras nosotros nos dedicamos a cosas aparentemente más importantes o productivas.
La promesa es seductora, no lo niego. Va directa a una de nuestras mayores vulnerabilidades, la de vivir saturados de tareas pequeñas e insignificantes que lo único que hacen es robarnos tiempo y que todos firmaríamos por delegar y recuperar, así, al menos, una hora al día.
Pero ¿qué se nos está ofreciendo en realidad? Porque buena parte de lo que hoy llamamos “agentes” no son más que las automatizaciones de toda la vida con un nombre más comercial que nos hace fantasear con que tenemos a nuestras órdenes un pequeño ejército de robots, y que podrían ser el equivalente, en tiempos de IA, de aquellos ratoncitos adorables que ayudaban a que Cenicienta tuviera listo el vestido para acudir al baile.
La palabra “agente“, además, promete criterio, iniciativa, algo parecido a un colaborador que entiende perfectamente lo que hace (“agente” parece evocar a alguien experto y al que, sin querer, le acabamos presuponiendo la inteligencia de “007”). Sin embargo, muchas veces, la tarea que ejecuta suele limitarse a mover información de un lado a otro siguiendo cuatro reglas que, además, ha decidido un humano.
Pero si la inteligencia artificial vino a sustituir los sistemas basados en reglas de cualquier software tradicional, no tiene mucho sentido que su mayor aporte a nuestras vidas sean esas simples automatizaciones que nos están vendiendo.
Los que me conocen saben que soy una persona a la que le gusta trabajar y aprovechar las horas como si fueran infinitas. Pero, para mí, ganar tiempo y recibir ayuda de calidad no es lo mismo. La inteligencia artificial ha supuesto para mí un antes y un después en todos los sentidos, pero pese a que creo que la aprovecho bien (y confieso que a veces no imagino mi vida sin ella, quién me lo iba a decir), tiempo, lo que se dice tiempo, no me ha ahorrado tanto.
Cierto es que lo que antes suponía entrar en cuatro resultados de Google, aceptar las cookies, tratar de encontrar la crucecita para cerrar el dichoso popup de suscribirse a la newsletter, hacer scroll entre anuncios insertados en la noticia… y por fin, encontrar la respuesta a mi pregunta…, ahora me lo da la IA en un único párrafo, directo al grano y sin esa sensación de haber superado una gymkana para conseguirlo.
Pero ese buscador más eficiente, no nos engañemos, no es la gran revolución o el gran cambio que la inteligencia artificial nos trae… como tampoco lo es ese ahorro de tiempo que dan esas automatizaciones a las que erróneamente llamamos “agentes de IA” solo porque te resumen una reunión de zoom a la que no prestaste demasiada atención.
¿De verdad necesitamos ir más rápido?
Desde hace años vivimos todo a una velocidad vertiginosa, lo sabemos.
Hacemos scroll sin pensar, sin detenernos en lo que no capta nuestro interés de inmediato, consumimos titulares, resúmenes, hilos y vídeos de un minuto, y al terminar el día tenemos la incómoda sensación de “haber pasado por mucho sin haber retenido casi nada”.

Hace unos días me sorprendió un anuncio en Instagram que te ofrecía escribir un libro por ti. “Le dices el tema, y te propone una portada, un título, lo valida contigo y por 29,90 euros en lo que te tomas un café tienes tu libro publicado“, decía textualmente. Por si no me había escandalizado demasaiado, lo acompañaban de cifras absolutamente irreales de los ingresos por la venta del libro.
Hace poco leí en algún sitio una frase que me fascinó: “la gente no quiere leer libros, quiere haber leído libros”. Maravillosa. Y en realidad , describe algo mucho más amplio que la lectura. Hemos convertido el aprendizaje en una colección de medallas conseguidas, en un recuento de checks, de cosas terminadas que poder enseñar o de las que presumir, y por el camino se nos ha olvidado que leer, estudiar o entender de verdad nunca fueron actividades rápidas ni cómodas.
Hoy se da por hecho que leer es fácil, que no exige entrenamiento ni esfuerzo, y que un buen libro debería poder despacharse en un fin de semana o, todavía mejor, resumirse en un hilo de diez tuits. Pero quienes leemos habitualmente sabemos que ocurre lo contrario, que un libro se disfruta durante semanas, hace que uno se detenga, vuelva atrás, relea y, en algunos casos como el mío, hasta los subraye.
Pero, aunque es importante, no me refiero solo al disfrute, a saborear cada página, sino al poso que deja en nosotros (y del que ya escribí en otro artículo). Ese fuego lento, ese releer y ese “dejar reposar”, lo que hacen es un filtrado que permite que algunas cosas se queden en mi cabeza y que dentro de un tiempo (podrían ser meses o años) vuelvan a aparecer y mezclarse con ideas nuevas.
Todos hemos caído en la tentación de ver un curso a doble velocidad en una sola tarde, por la prisa en terminarlo y, aunque nos ha servido, no es comparable con aquel curso que hicimos a un ritmo marcado, en el que tenías que esperar a la siguiente clase para avanzar y donde lo aprendido se asentaba mejor y “echaba raíces”.
Quizá por eso, cuando todos parecen asegurar que la gran revolución de la IA consiste en ir todavía más rápido, en el sentido de agentes que nos libran de tareas rutinarias, no puedo evitar preguntarme si no estaremos resolviendo con mucho entusiasmo el problema equivocado.
El gran espejismo
La eficacia de los agentes parece medirse en minutos ahorrados, y quizá se mide así porque el tiempo es lo único fácil de cuantificar, de enseñar en una demo y de vendernos algo. Sin embargo, si las tareas que una automatización ejecuta bien son casi siempre las menos importantes de nuestro día, eso que ya hacíamos en piloto automático sin que nos costara demasiado pensar, creo que es un avance, pero ni de lejos el más importante.
No niego que esa labor es importante pero creo que hay una gran diferencia entre un asistente que te ahorra tareas rutinarias y un mentor que te ayuda a pensar mejor, y puede que la confusión de nuestro tiempo consista en que celebramos lo primero cuando lo importante es el segundo.
Los agentes hacen muy bien su función: planifican, dividen el problema y lo resuelven. Nadie lo niega.
Lo único sobre lo que reflexiono es sobre lo que queda fuera de su alcance, porque puede que ahí sea donde está lo que de verdad nos define como profesionales o personas. Es decir, el criterio que decide qué merece una respuesta larga y qué se soluciona en dos líneas, cuando un email merece más cuidado o empatía que otro, las conexiones entre ideas que leímos en momentos distintos, o a todo ese conocimiento que hemos acumulado durante años y que vive disperso entre lo que hemos leído, lo que hemos escrito y lo que hemos sentido. Nada de eso se ejecuta. Todo eso se comprende, y comprender es una operación de otra naturaleza, una que ninguna automatización, por buena que sea, llega a tocar.
El segundo cerebro
Mucho antes de la IA generativa, Tiago Forte popularizó el concepto de segundo cerebro, una memoria externa donde ir guardando de forma ordenada el conocimiento que adquirimos para no depender de nuestra memoria, a veces demasiado frágil.

Se basaba en la idea de que nuestra cabeza está hecha para conectar ideas y no para almacenarlas durante décadas. Planteaba aquel segundo cerebro que era un archivo pasivo que guardaba muy bien todo pero tenía una limitación importante: seguía obligándonos a buscar “a mano” cada vez que queríamos recuperar algo. Ese cerebro capturaba la información que podría ser útil más adelante y para ello la organizaba y destilaba.
Lo que tiene de extraordinario la inteligencia artificial no es que podamos automatizar tareas, sino que por primera vez podemos conversar con ese conocimiento acumulado, pedirle que lo relacione, que lo cuestione, que nos devuelva lo que pensábamos hace dos años sobre un asunto que hoy volvemos a mirar. El segundo cerebro dejaría de ser un cajón donde buscar desde cero y empezaría a parecerse más a un interlocutor que nos responde cuando lo necesitamos.
La intuición de Karpathy
Para entender por qué esto importa tanto reflexiono sobre una idea de Andrej Karpathy, uno de los investigadores más influyentes de este campo. Karpathy suele repetir que los modelos de lenguaje son un nuevo tipo de ordenador, una nueva capa de computación que se programa con nuestro lenguaje natural en lugar de con código. Donde antes hacían falta años de estudio para dar instrucciones a una máquina, hoy basta con escribirle sin esfuerzo ni demasiado detalle lo que queremos. Es un cambio tan profundo que él lo llama “Software 3.0”, para diferenciarlo del software clásico que escribíamos línea a línea e incluso de las redes neuronales que vinieron después.

Si Tiago Forte proponía construir una biblioteca de conocimiento personal, Karpathy propone construir una inteligencia capaz de entender ese biblioteca, es decir, consultar, razonar y trabajar sobre ese conocimiento.
Si cada gran salto tecnológico amplió una capacidad humana (la imprenta nuestra memoria escrita, la calculadora nuestra aritmética y el ordenador nuestra capacidad de procesar), los modelos de lenguaje amplían algo mucho más íntimo, que es nuestra propia forma de pensar. No son una herramienta más que se suma a las que ya teníamos, sino una capa nueva para pensar, por ello lo más valioso que podemos hacer con ellos no es pedirles que nos reserven una mesa en un restaurante, sino conectarlos a todo aquello que ya hemos pensado, nuestra verdadera riqueza interior.
En vez de que un agente me avise de que tengo un correo pendiente, poder preguntarle sobre un tema, si ya investigué algo parecido tiempo atrás y a qué conclusión llegué, dónde vi aquella idea que ahora se me escapa, qué relación hay entre dos conceptos que siempre traté por separado o, sencillamente, qué pensaba sobre todo esto hace un par de años, para poder discutir conmigo misma. Esa conversación no me ahorra tiempo, me ayuda a pensar mejor, que no solo no es lo mismo, incluso puede ser justo lo contrario, porque me obliga a detenerme justo en el lugar donde no llega ningún agente.
Primero memoria, después acción
Por eso tengo la sensación de que, como industria, hemos invertido el orden de las cosas. Damos por hecho una progresión que va del modelo de lenguaje al agente, como si actuar fuese la meta natural de todo el recorrido.
Pero quizá la secuencia sensata sea otra y pase por construir con él ese “segundo cerebro” del que hablábamos y solo cuando el sistema sepa de verdad quiénes somos y cual es nuestra esencia, llegue el momento de pedirle que actúe en nuestro nombre.
La automatización seguiría ayudando, por supuesto, pero pasaría a ser la utilidad de tener un conocimiento, no el conocimiento en sí.
¿Estamos mirando al sitio correcto?
Quizá el problema de fondo no sea la tecnología, sino hacia donde hemos decidido mirar.
Antes de entregarle nuestra agenda o nuestro correo a una automatización, merecería la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿de verdad tengo una agenda tan endiablada, un correo tan complejo, que justifique el riesgo de que algo que no soy yo se ponga a tomar decisiones en mi nombre? Porque automatizar nunca sale gratis, siempre se paga con una pérdida de control por pequeña que sea, y conviene reflexionar sobre ese precio.
Sospecho que muchas veces no lo hacemos porque la tarea nos abrume de verdad, sino por algo bastante menos confesable, la satisfacción de sentirnos al día, de poder contar este verano en el chiringuito que tienes un sistema automatizado y de que los demás nos presupongan inteligentes ello.
No hay nada malo en disfrutar de un juguete nuevo, que conste. Lo que me da que pensar es que confundamos esa pequeña vanidad tecnológica con un avance capaz de cambiarnos la vida, porque no se parecen en nada. Y entonces regresa la pregunta que de verdad importa, la que llevo dándole vueltas todo el artículo. ¿Qué valoramos en realidad? ¿Queremos a alguien que saque lo mejor de nosotros, que nos ayude a crecer, a hacer las cosas mejor y a saber más, o nos conformamos con un asistente que despacha tareas minúsculas y que, por muy útil que resulte, jamás va a transformar nuestra vida como nos promete que hará la revolución de la inteligencia artificial?
Yo lo tengo claro. Prefiero una inteligencia que me obligue a pensar antes que una que piense por mí, una que me devuelva lo que ya sé y me provoque un nudo mental que me obligue a pensar y desenredarlo, antes que una que conteste mis correos mientras yo me distraigo con otra cosa.
La revolución que me interesa no se mide en horas ahorradas ni sirve para presumir con mis amigos en una sobremesa de agosto, sino que la que me obliga a bajar el ritmo pero me hace crecer por dentro y me hace capaz de hacer, escribir, describir, organizar o inventar algo mejor de lo que lo hacía hace un año. Y esa revolución, en tiempos en que se vive tan deprisa, se busca la productividad a cualquier precio y se premie el check rápido, puede que sea la única a la que de verdad merece la pena que llamemos “revolución”.

