China responde a las acusaciones de Europa: no es sobrecapacidad, es eficiencia

China responde a las acusaciones de Europa: no es sobrecapacidad, es eficiencia

Hace unas semanas publiqué un análisis bastante detallado sobre cómo Europa está construyendo una arquitectura proteccionista sin precedentes contra China. En él, repasaba los aranceles anti-subsidios sobre los vehículos eléctricos chinos, el recorte de importaciones de acero, el Reglamento de Subvenciones Extranjeras, la Ley de Aceleración Industrial conocida como “Made in EU”, la futura revisión de la Ley de Ciberseguridad (que podría limitar la presencia de proveedores chinos en sectores digitales sensibles), y el próximo Paquete de Soberanía Tecnológica que incluirá nuevas normas sobre nube, inteligencia artificial y semiconductores.

También defendía una idea que podía sonar incómoda: que buena parte del déficit comercial europeo no se explica porque China haga “trampas”, sino porque Europa lleva décadas tomando malas decisiones energéticas, regulatorias y estratégicas. Hay suficientes datos para afirmarlo: la electricidad industrial en la Unión Europea cuesta más del doble que en Estados Unidos y está muy por encima de lo que cuesta en China, la industria química europea ha anunciado cierres masivos entre 2022 y 2025, y la producción industrial lleva varios años en caída libre pero todo indica que Bruselas prefiere levantar barreras antes que enfrentarse a sus propios problemas. En aquel artículo terminaba con una reflexión: “quizá estábamos castigando la eficiencia en lugar de analizar sus causas“. Ahora, la noticia es que Beijing ha respondido oficialmente con un documento formal del Ministerio de Comercio que rebate punto por punto las acusaciones occidentales y que, para sorpresa de muchos, va exactamente en esa dirección.

El Ministerio de Comercio de China publicó el pasado martes un position paper en el que trata de desmontar sistemáticamente los argumentos que Estados Unidos y la Unión Europea vienen utilizando para justificar sus barreras comerciales. Se tran texto jurídico y económico que aborda directamente los tres pilares sobre los que se ha construido el discurso occidental: que China sufre sobrecapacidad porque recibe subsidios masivos, que esa sobrecapacidad se vierte en los mercados internacionales por falta de demanda doméstica, y que todo ello distorsiona la competencia global.

El ministerio no se limita a negar estas afirmaciones, sino que demuestra que la UE podría estar haciendo lo mismo en algunos sectores y, sobre todo, que el concepto de “sobrecapacidad” se ha convertido en una herramienta política para castigar la eficiencia ajena sin tener que reconocer la propia incompetencia.

El argumento central del documento se puede resumir en una frase: no hay una conexión necesaria entre subsidios industriales y sobrecapacidad. Es decir, que un país ayude a determinados sectores no implica automáticamente que esté produciendo más de lo que necesita.

El documento menciona la Inflation Reduction Act estadounidense, aprobada en 2022, con una inyección de setecientos cincuenta mil millones de dólares para atraer fábricas de tecnología limpia y semiconductores. Y luego recuerda que la Comisión Europea ha planificado entre 2021 y 2030 subsidios por valor de aproximadamente un billón cuatrocientos cuarenta mil millones de euros.

Si todos los grandes bloques económicos consideran legítimo intervenir para reforzar sectores estratégicos, ¿por qué solo las ayudas chinas se presentan como una distorsión del mercado? ¿Por qué cuando Europa subvenciona es soberanía estratégica y transición justa, y cuando China lo hace es competencia desleal?

Tras décadas defendiendo el libre comercio, tanto Estados Unidos como Europa han recuperado políticas industriales activas para atraer fábricas, impulsar tecnologías críticas y reducir dependencias. Todo indica que han cambiado las reglas del juego y ahora se quejan de que China juegue demasiado bien con esas mismas reglas.

Pero el documento va más allá. El ministerio también defiende que sus propios mecanismos de subsidio se alinean con las normas de la Organización Mundial del Comercio, y añade algo que rara vez se escucha: las autoridades chinas han tomado medidas específicas para limpiar y regular ciertas prácticas no conformes en algunas localidades. Es decir, no niegan que haya habido excesos o desajustes en el pasado, sino que reconocen que el sistema no es perfecto y que se están corrigiendo problemas concretos. Me gusta porque esto le da a la respuesta de Beijing una credibilidad que no tendría si se limitara a negarlo todo, mientras que mantiene el argumento principal que es que la producción industrial china no es fruto de una demanda interna insuficiente que vierte excedentes al exterior, sino del resultado de décadas de innovación, reforma estructural y apertura económica.

El ministerio rechaza explícitamente el vínculo entre falta de consumo doméstico y sobrecapacidad, y explica que el consumo débil es una característica temporal de la transición económica más amplia que está viviendo el país.

Aquí llega la parte más interesante del documento y la que más duele leer desde Europa.

En 2025, el superávit comercial de China alcanzó la cifra récord de un billón doscientos mil millones de dólares, lo que lleva a pensar que el mundo compra productos chinos porque los necesita y porque son competitivos. Y cuando hablamos de competitividad no estamos hablando de salarios bajos ni de dumping, sino de eficiencia manufacturera real y medible.

Pongamos uno de los ejemplos más claros: las baterías de litio.

En 2025, el precio medio de un paquete de baterías en China rondaba los 84 dólares por kilovatio hora, mientras que en Europa, cuesta aproximadamente un 48% más, y en Estados Unidos un 31% más. Si nos metemos en el detalle de las celdas LFP (la tecnología de fosfato de hierro y litio que cada vez domina más el mercado de coches eléctricos asequibles), la diferencia es aún más grande. Una celda LFP fabricada en China por los mejores productores cuesta unos 57 dólares por kilovatio hora. En Alemania, la misma celda cuesta unos 99 dólares. Es decir, Europa produce baterías un 75% más caras que China en química NMC y hasta un 90% más caras en química LFP (datos sacados de un análisis de BloombergNEF, de la Agencia Internacional de la Energía y de informes técnicos especializados).

Y la causa de esa diferencia de precio (también documentada) no es solo que China pague menos a sus trabajadores o que tenga energía más barata. La diferencia principal está en la eficiencia manufacturera y en la automatización. En Europa se necesitan unos 125 trabajadores para producir un gigavatio hora de baterías. En China, solo 35. Podemos sumarle que el porcentaje de producción defectuosa o scrap en las fábricas europeas es bastante mayor, mientras que la eficiencia energética de las plantas es muy inferior. La Agencia Internacional de la Energía lo dice claramente: alcanzar niveles de eficiencia y automatización comparables a los chinos llevará tiempo e inversión sostenida. Mientras tanto, China no solo produce más barato, produce mejor y más rápido.

Pero hay algo, para mi, más importante que los costes unitarios. China controla entre el 70 y el 75% de toda la cadena de valor de las baterías de litio, desde la minería de materiales críticos hasta el ensamblaje final. Produce alrededor del 70% de los materiales catódicos activos, entre el 85 y el 90% de los materiales anódicos, y más del 70% de todas las baterías de ion-litio del mundo. Incluso el grafito natural, indispensable para los ánodos, está prácticamente monopolizado por China. Esto no es sobrecapacidad. Esto es integración vertical a una escala que Europa ni siquiera ha intentado construir. Cuando BYD o CATL fabrican una batería, no compran los componentes a docenas de proveedores dispersos por el planeta. Controlan cada eslabón de la cadena, desde las minas de litio en África y Sudamérica hasta las refinerías, las fábricas de electrodos y las plantas de ensamblaje. Esa integración les permite optimizar costes, calidad y velocidad de una manera que una industria europea fragmentada en veintisiete mercados nacionales diferentes no puede ni imaginar. ¿Eso es competencia desleal o es simplemente que China ha construido un sistema industrial más eficiente que el europeo?

El documento del Ministerio de Comercio también toca indirectamente otro punto que Europa pasar por alto. Si exportar mucho es prueba de sobrecapacidad, entonces ¿también se consideraría sobrecapacidad las exportaciones europeas de automóviles, productos farmacéuticos, vinos y cosméticos? La respuesta es obvia para cualquiera que piense dos segundos, pero en Bruselas parece que nadie quiere hacerse esa pregunta. Alemania exporta cerca de la mitad de su producción automovilística, Francia vende más del sesenta por ciento de sus cosméticos de lujo fuera de sus fronteras, Italia depende enormemente de las ventas internacionales de productos alimentarios y de alta gama. Ningún político europeo llamaría jamás a eso sobrecapacidad. Lo llaman competitividad, o incluso “excelencia exportadora”. Pero cuando China hace exactamente lo mismo con baterías, paneles solares o coches eléctricos, el mismo comportamiento se redefine como una amenaza sistémica. Yo creo que eso no es análisis económico, es geopolítica pura disfrazada de técnica comercial.

Eso no significa que todas las críticas a China sean infundadas. Existen dudas legítimas sobre el papel del Estado, sobre el acceso al mercado chino para empresas europeas o sobre determinadas prácticas concretas que pueden y deben debatirse. Pero el documento de Beijing obliga a plantearse otra cuestión igualmente legítima y mucho más incómoda: ¿en qué momento dejamos de considerar la eficiencia como una virtud para empezar a verla como una amenaza? ¿Cuándo se convirtió el hecho de que un competidor sea más rápido, más barato y más eficiente en un problema que hay que resolver con aranceles y barreras comerciales? Durante décadas nos enseñaron que competir consistía en innovar, producir mejor, reducir costes y aumentar la productividad. Siempre han sido los principios básicos de cualquier economía abierta y de cualquier manual de economía occidental.

Europa y Estados Unidos llevan años explicando el éxito industrial chino a través de conceptos como subvenciones, sobrecapacidad o competencia desleal, lo que supone una narrativa cómoda porque exculpa a Occidente de su propio declive industrial. Si China gana porque hace “trampas”, entonces Europa no tiene que explicar por qué su electricidad cuesta el doble, por qué una fábrica de baterías tarda cinco años en obtener permisos en Europa cuando en China tarda dieciocho meses, o por qué su industria química está cerrando plantas mientras Asia las abre.

China intenta ahora contrarrestar esa narrativa con otra interpretación: su liderazgo sería el resultado de décadas de inversión en innovación, infraestructuras, digitalización, formación y desarrollo industrial. Ambas narrativas responden a intereses diferentes y probablemente ninguna explique por sí sola la realidad. La política industrial china ha sido extraordinariamente intensa y el papel del Estado es innegable, pero también lo es que esa inversión ha ido acompañada de avances tecnológicos reales, mejoras de productividad medibles y una enorme capacidad para escalar industrias completas en tiempo récord.

Pero además de desmentir la narrativa, el Ministerio de Comercio chino ha advertido de contramedidas decididas si la UE sigue adelante con instrumentos considerados discriminatorios. Entre esas herramientas figura la investigación antidiscriminación, amparada en el artículo 7 de la Ley de Comercio Exterior de China, que permite imponer restricciones a productos emblemáticos de los países señalados, establecer aranceles selectivos de represalia o limitar el acceso de empresas extranjeras a licitaciones públicas chinas.

Los sectores europeos más vulnerables son precisamente aquellos que más dependen del mercado chino: los cosméticos y perfumes franceses, los automóviles de lujo alemanes, los vinos italianos y españoles, y los productos lácteos irlandeses y neerlandeses.

El pasado 7 de abril, el Consejo de Estado de China promulgó el Reglamento sobre Seguridad de las Cadenas Industriales y de Suministro, que crea un mecanismo de coordinación entre más de quince agencias gubernamentales para imponer contramedidas contra cualquier entidad extranjera que interrumpa transacciones normales o adopte medidas discriminatorias que causen daño sustancial a la seguridad de las cadenas de suministro chinas.

Por último está el asunto de las materias primas críticas. La Unión Europea importa de China el 100% de sus tierras raras pesadas, el 85% de las ligeras y el 98% de los imanes de tierras raras. China, además, controla alrededor del 94% del suministro mundial de galio y el 83% del de germanio, dos materiales imprescindibles para fabricar semiconductores avanzados, sistemas de radar y fibra óptica. Si Beijing decidiera cortar ese flujo, la industria automovilística, eólica y de defensa europea se paralizaría, por lo que no parece tener demasiado sentido presionar a China con aranceles y medidas discriminatorias.

Llegados a este punto, conviene hacer una pausa y preguntarse con honestidad qué es lo que realmente está pasando aquí. Para mi, el déficit comercial europeo con China no es el resultado de nada “raro”, sino el resultado de décadas de decisiones políticas equivocadas, de falta de inversión en innovación productiva, de costes energéticos desbocados por una transición no demasiado bien planificada, de una burocracia que espanta la inversión industrial, de una fragmentación del mercado único que impide la aparición de empresas fuertes a escala continental, y de un envejecimiento demográfico que reduce la capacidad de crecimiento año tras año.

Europa no está perdiendo la batalla comercial porque China haga trampas. La está perdiendo porque sus costes de producción son estructuralmente más altos, porque fabricar una tonelada de acero, un panel solar o una batería en Europa es sencillamente más caro que fabricarlo en Asia, y porque ningún arancel puede corregir de forma permanente una desventaja de costes tan profunda.

Lo único que consiguen los aranceles es encarecer los productos para los consumidores y las empresas europeas, retrasar la adopción de tecnologías limpias que son imprescindibles para cumplir los objetivos climáticos, y dar a las industrias ineficientes una prórroga artificial que desincentiva la inversión en modernización y productividad. Es particularmente revelador que los sectores que más agresivamente presionan a favor del proteccionismo sean aquellos que menos se han transformado en las últimas décadas: los gigantes del acero, del cemento, de la química pesada y de la automoción tradicional. I

Podría darse el caso de algo incluso más peligroso: como la industria europea es cada vez menos competitiva, Bruselas la protege con barreras comerciales, y, al estar protegida, no tiene incentivos para invertir en productividad, automatización ni procesos más eficientes. Como no invierte, su competitividad sigue cayendo, y, como su competitividad sigue cayendo, Bruselas se ve obligada a levantar barreras aún más altas. Europa corre el riesgo de terminar con una industria europea permanentemente subvencionada, protegida e incapaz de competir en los mercados internacionales. Y mientras tanto, el consumidor europeo paga más por sus coches, sus paneles solares y sus electrodomésticos, y el planeta sigue quemando combustibles fósiles porque la transición energética se ha encarecido artificialmente para salvar a unos pocos fabricantes locales que no son competitivos a escala global.

Hace unas semanas escribíamos que quizá estábamos castigando la eficiencia en lugar de analizar sus causas. El position paper del Ministerio de Comercio de China no demuestra que aquella reflexión fuera correcta en todos sus términos, pero sí confirma que esa es precisamente la batalla que Beijing quiere librar: “no basta con ser bueno, también hay que parecerlo”, reza el refranero español. Ya no basta con competir en los mercados, también hay que convencer al mundo de por qué se gana, o al menos salir a desmentir las acusaciones que no son reales. Si todos exportan, ¿por qué solo a uno se le llama sobrecapacidad? Si la eficiencia es el objetivo, ¿por qué se castiga al que la ha alcanzado?.

Europa necesita energía más barata, menos fragmentación regulatoria, más inversión productiva, cadenas industriales más sólidas y una estrategia tecnológica coherente. Necesita también decidir qué parte de su industria quiere proteger, cuánto está dispuesta a pagar por ello y ser consciente de que levantar barreras puede ofrecer alivio temporal, pero no logra resolver sus debilidades estructurales internas y eso no es una estrategia de crecimiento sostenible.

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Susana García

Formación a empresas, conferenciante y redactora Inteligencia Artificial.
Autora libros “IA desde cero” y "Técnicas y Modelos de Machine Learning"
Profesora Ingeniería Industrial en la Universidad Nebrija y Negocios Digitales en la Univ. Europea.
Especializada en IA China
Economista de profesión y periodista de vocación.
Escribo sobre la industria de la IA en AI Insider y sobre IA China en la Revista Mundo Global.

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