La historia de Sam Altman

La historia de Sam Altman

Viernes, 17 de noviembre de 2023. Sam Altman es despedido.

Horas antes había recibido una convocatoria a una reunión online a través de Google Meet. No era nada extraño en una empresa como OpenAI donde las reuniones online eran frecuentes y no había nada que hiciera sospechar que esta sería distinta.

Sam se conecta. Al otro lado de la pantalla estaba el consejo de OpenAI y al frente de la reunión Ilya Sutskever. La conversación no dura demasiado. La decisión ya estaba tomada y únicamente se la comunican a Sam: el consejo ha decidido que deja de ser CEO de OpenAI y que también abandona su puesto en la empresa. La justificación que le dan es que “han perdido la confianza en su capacidad para liderar la empresa”.

En minutos, Altman deja de estar al frente de la compañía que, en menos de un año, había popularizado la inteligencia artificial en todo el planeta y OpenAI publica un comunicado oficial, breve y sin muchos detalles. Dentro de la empresa, muchos empleados se enteran por el mismo canal que el resto del mundo, lo que genera bastante sensación de desconcierto.

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Ese mismo día, Greg Brockman recibe otra llamada. No es despedido, pero se le comunica que deja de ser presidente del consejo. La reacción de Greg es casi inmediata: dimite y dice públicamente que ha sido apartado de su rol. Twitter empieza a echar humo… ¿Qué está pasando? En pocas horas, dos de las figuras más importantes de OpenAI están fuera de la empresa.

OpenAI nombra a Mira Murati como CEO interina.

Sábado, 18 de noviembre de 2023.

Mientras todos en la empresa permanecen callados, fuera de ella nadie habla de otra cosa: inversores, antiguos empleados y la prensa del sector intentan reconstruir lo ocurrido a partir de los post publicados en X y de fragmentos de información que van recopilando. Empiezan a circular distintas hipótesis: desacuerdos sobre la seguridad, tensiones internas, problemas de gobernanza. Ninguna versión es completamente fuerte, pero todas apuntan en la misma dirección: no se trata de un conflicto puntual, sino de algo que venía de hace tiempo.

Altman, por su parte, no reacciona impulsivamente, pero empieza a moverse, a hablar con inversores, y personas dentro y fuera de OpenAI. Twitter sigue echando humo.

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Domingo, 19 de noviembre de 2023.

Primer giro inesperado: Satya Nadella anuncia que Sam Altman y Greg Brockman se incorporarán a Microsoft para liderar un nuevo equipo de inteligencia artificial avanzada. Parece que Microsoft no está dispuesta a perder al núcleo que ha impulsado OpenAI. En ese momento, parece que la historia ya tiene un desenlace claro: Altman es la pieza importante y si no está dentro, trabajará fuera de OpenAI.

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Lunes, 20 de noviembre de 2023.

Parece mentira que solo hayan pasado tres días.

El lunes, más de 700 empleados firman una carta dirigida al consejo en la que exigen el regreso de Altman y advierten que, si no vuelve, abandonarán la empresa. Son investigadores, ingenieros difíciles de reemplazar y personas esenciales para que la empresa continúe. Se dispara la tensión y los inversores y socios comienzan a intervenir. Microsoft trata de evitar que OpenAI se desestabilice y pierda su capacidad operativa.

Ilya Sutskever pide perdón. Sam publica varios tuits clave:

Martes, 21 de noviembre de 2023.

El martes, finalmente, el consejo cede. Se anuncia el regreso de Sam Altman como CEO, pero con algunas condiciones. El consejo se rediseña, se incorporan nuevos miembros y se redefine el equilibrio de poder dentro de la organización. Altman vuelve, pero lo hace con una estructura distinta, marcada por lo ocurrido en esos cinco días.

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Pero lo que sucede esa semana (además de ser el primer culebrón vivido en directo a través de X.com) es la consecuencia de una herida mucho más profunda, que llevaba tiempo dentro de OpenAI y que tiene que ver con la propia naturaleza de la inteligencia artificial, con la velocidad a la que creen que debe avanzar y con quién debe tomar las decisiones cuando el impacto ya es tan enorme para la sociedad.

Vamos a detenernos un momento para entender por qué terminaron sentados en esa videollamada y ello implica entender la personalidad y la figura de Sam Altman.

Retrocedamos algunos años atrás para entender quién y cómo es Sam Altman.

Altman no encaja del todo en el arquetipo clásico del fundador que conocemos en las historias de Silicon Valley.

Nace en St. Louis en 1985, en una familia que no tienen nada que ver con la tecnología. Su madre era dermatóloga y su padre trabajaba en el sector inmobiliario. Sin embargo, Sam a los 8 años ya tenía su primer ordenador y pasaba horas instalando software, desmontando y aprendiendo. Esa relación instrumental con la tecnología es importante, porque no desaparece con el tiempo. A Altman no le interesa la tecnología como fin, sino como medio para intervenir en estructuras más grandes. Le atrae esa mezcla de curiosidad y estrategia.

Su paso por Stanford es breve. No porque fracase, sino porque decide que el aprendizaje verdaderament importante está fuera. Es una decisión que encaja con un patrón que se repetirá después: priorizar el acceso a entornos reales frente a trayectorias educativas o laborales más formales.

Loopt: la primera empresa y el primer aprendizaje

A los 19 años, mientras estudiaba en Standford, funda su primera startup: Loopt.

Era una app que permitía compartir tu ubicación con amigos en tiempo real, algo que ahora vemos normal pero en aquel entonces era casi futurista. Lo importante es que la crea en un momento en el que el ecosistema de startups en Silicon Valley empieza a cambiar: las empresas comienzan a obtener financiación, aparecen nuevas aceleradoras, y desde ese momento, lo más importante es tener una buena idea, porque el resto viene solo.

Loopt no tiene demasiado éxito. La empresa crece, levanta financiación y acaba vendiéndose, pero no alcanza el impacto de otras startups en aquella época. Sin embargo, el valor de Loopt no está en el resultado, sino en lo que Sam aprende de la industria con ella. Altman entra en contacto directo con el funcionamiento interno de Silicon Valley: cómo se negocia con inversores, cómo se gestiona el crecimiento, cómo se toman decisiones bajo incertidumbre y, sobre todo, cómo se sobrevive a una empresa que no termina de escalar como se esperaba.

Cuando finalmente Loopt se vende, Altman no sale como una figura mediática, pero sí con algo más relevante a largo plazo: con un gran conocimiento operativo del ecosistema empresarial.

Y Combinator: el punto de inflexión

El verdadero cambio en la trayectoria de Sam Altman llega con Y Combinator, la aceleradora más famosa de Silicon Valley.

En 2014 Paul Graham, fundador de Y Combinator, decide retirarse de la gestión directa y elige a Sam Altman como sucesor. Esto le coloca en una posición única, porque le permite observar desde arriba el lugar por el que pasan las mejores ideas, los mejores equipos y las que después serán empresas que cambien el mundo. Sam aprende qué ideas funcionan, cuales fracasan, qué equipos ejecutan mejor, y que tecnologías empiezan a despuntar. Esto le permite detectar patrones.

Es entonces cuando empieza a interesare por algo que aún no es evidente para la mayoría: la inteligencia artificial. Tras el impacto de AlexNet en 2012, el deep learning empieza a demostrar resultados que permiten a Altman darse cuenta de que no es una tecnología más.

Durante esos años, Altman analiza cientos de startups y, lo más importante, consigue una red de contactos clave para su futuro. Este punto es fundamental para entender todo lo que viene después porque cuando más adelante OpenAI necesite financiación, talento o legitimidad, Altman no tendrá que construir esas conexiones desde cero.

En Y Combinator empieza a verse con más claridad su interés por tecnologías que pueden redefinir industrias completas. Sam no se limita a evaluar startups como simples oportunidades aisladas, ve todo como parte de algo más grande.

Durante su etapa como presidente, Altman intenta transformar Y Combinator y dirigirse a proyectos más ambiciosos (energía, biotecnología, hardware, inteligencia artificial) y lanza iniciativas como YC Continuity y el YC Research Lab, con la idea de financiar proyectos a más largo plazo.

Se rumorea que Altman empieza a invertir personalmente en empresas. Al tener acceso privilegiado a información y oportunidades esto no está muy bien visto y finalmente en 2019 deja Y Combinator para centrarse en OpenAI.

A priori es una simple decisión estratégica, pero San Altman ya ha decidido que quiere dejar de observar y empezar a ser parte del ecosistema.

De Y Combinator a OpenAI: por qué parecía un paso extraño

Cuando Altman empieza a involucrarse en OpenAI, viene de dirigir una de las instituciones más influyentes del ecosistema startup y, sin embargo, decide implicarse en una organización que, en su origen, no es una empresa en el sentido tradicional, sino un laboratorio con una misión muy específica.

A partir de 2012, el avance del deep learning empieza a atraer la atención de un grupo muy concreto de personas: los investigadores, que ven el potencial técnico, y los inversores que darse cuenta de la importancia de todo esto.

Mientras tanto, figuras como Elon Musk, comienzan a preocuparse por las implicaciones a largo plazo de una inteligencia artificial avanzada.

Altman, desde su posición en Y Combinator, está en medio de esas conversaciones con investigadores, sigue de cerca el trabajo de Ilya Sutskever, uno de los nombres más importantes del deep learning y se relaciona con fundadores y ejecutivos que están construyendo el futuro de la IA.

OpenAI nace como una alianza de perfiles muy distintos: científicos como Sutskever, operadores como Greg Brockman, capital y narrativa como Musk, estructura y estrategia como Altman

En sus primeros años, OpenAI funciona más como un laboratorio que como una empresa (publica investigación, explora modelos) pero no tiene un modelo de negocio claro.

Elon Musk y Sam Altman: una alianza necesaria que terminó en ruptura

Cuando OpenAI se funda en 2015, no es solo el nacimiento de una organización. Es el punto de encuentro entre varias formas de entender el futuro.

Elon Musk llega a esa mesa con una obsesión muy concreta: lleva años advirtiendo que la inteligencia artificial puede convertirse en el mayor riesgo existencial para la humanidad. No lo plantea como una posibilidad lejana, sino como algo que podría ocurrir si el desarrollo queda en manos de unas pocas empresas sin controles suficientes. Además aporta credibilidad y dinero.

Sam Altman llega desde un lugar distinto: no niega los riesgos, pero su preocupación es más estructural que apocalíptica. Le interesa quién construye la tecnología, con qué incentivos y con qué capacidad de escalarla. Aporta capacidad organizativa, red de contactos en Silicon Valley y habilidad para convertir una idea aún difusa en algo que funcione.

Lo único que comparten es la intuición de que la inteligencia artificial no puede quedar concentrada exclusivamente en empresas como Google y ahí es donde nace OpenAI, como un intento de crear un contrapeso.

Durante los primeros años, la relación funciona, pero las diferencias empiezan a aparecer pronto.

Musk, el dinero y el primer gran dilema de OpenAI

El problema aparece cuando la idea original empieza a chocar con la realidad: OpenAI había nacido como una organización sin ánimo de lucro, con la intención de investigar y desarrollar inteligencia artificial de forma abierta (de ahí lo de “Open”) y segura. Esa estructura tenía sentido desde el punto de vista de la misión, pero introducía una limitación evidente: no podía acceder a capital privado de la misma manera que una empresa convencional.

Y la inteligencia artificial, a diferencia de otros campos, no escala solo con talento sino con computación… y la computación es cara. Muy cara.

A medida que los modelos empiezan a volverse más complejos, la necesidad de infraestructura crece de forma exponencial. Entrenar sistemas cada vez más avanzados implica acceso a GPUs, centros de datos y recursos que, en ese momento, solo están al alcance de grandes tecnológicas como Google.

OpenAI se encuentra entonces en una posición incómoda: tiene talento, tiene visión, pero no tiene la capacidad de competir en igualdad de condiciones si no resuelve el problema del capital. Es en ese contexto cuando Elon Musk plantea una solución.

No como un gesto puramente altruista, sino como una propuesta estructurada: aportar el capital necesario para escalar la organización, cubrir las necesidades de computación y permitir que OpenAI compita realmente en el desarrollo de inteligencia artificial avanzada.

Lógicamente la forma de articular la financiación implicaba, en la práctica, un cambio en el control.

Musk propone, a cambio de poner el dinero, asumir un papel más directo en la dirección de OpenAI, y una de las vías planteadas pasa por integrar esa capacidad dentro del entorno de Tesla, donde ya se estaban desarrollando sistemas de inteligencia artificial a gran escala, especialmente en el ámbito de la conducción autónoma.

La lógica desde su punto de vista es clara. Si OpenAI necesita recursos que solo una gran estructura puede ofrecer, lo coherente es apoyarse en una organización que ya los tiene.

Pero desde dentro de OpenAI, esa solución introduce un problema nuevo: aceptar ese modelo implicaría, en la práctica, desplazar el control de la organización hacia una única entidad y, en última instancia, hacia una única figura. Y eso entra en conflicto directo con la idea original con la que se había creado OpenAI: evitar precisamente la concentración de poder en el desarrollo de la inteligencia artificial.

La propuesta no prospera. No porque el problema no sea real, sino porque la solución planteada compromete la arquitectura institucional que habían decidido construir. Ahí aparece la primera ruptura importante.

Es un conflicto entre dos formas de resolver el mismo problema: cómo financiar y escalar el desarrollo de la inteligencia artificial sin perder el control sobre su dirección.

Poco después, en 2018, al no llegar a un acuerdo, Musk abandona OpenAI.

La explicación pública se centra en evitar conflictos de interés con Tesla (Tesla está desarrollando sistemas de inteligencia artificial, especialmente en el ámbito de la conducción autónoma y eso convierte a Musk, indirectamente, en competidor en un espacio donde OpenAI también quiere avanzar) pero la salida de Elon Musk es también la consecuencia de formas muy distintas de entender la IA y sobre todo, su impacto en la humanidad.

Dos visiones incompatibles

A partir de ese momento, las diferencias se hacen más claras. Musk mantiene una postura centrada en el riesgo y habla de seguridad, de control, de posibles consecuencias catastróficas. Se mantiene fiel a la idea con la que se había creado OpenAI.

Altman empieza a moverse en otra dirección, y OpenAI toma decisiones clave. La más importante es abandonar el modelo sin ánimo de lucro y adoptar una estructura híbrida que permita atraer capital. Esa decisión, que abre la puerta a Microsoft, va en contra de los fundamentos con los que se creó la empresa y hubiera sido imposible de imaginar con Musk dentro.

El giro real: cuando Sam Altman decide que OpenAI tiene que competir

A partir de la salida de Musk, OpenAI no se queda en un estado estable, sino en una especie de equilibrio incómodo. La misión sigue siendo la misma, pero las condiciones han cambiado. La inteligencia artificial avanza más rápido de lo previsto y, sobre todo, empieza a concentrarse en manos de actores que sí tienen recursos para escalarla. Google, a través de DeepMind, ya ha demostrado que la combinación de talento, datos y computación puede producir avances significativos, y OpenAI, aunque tiene parte de ese talento, no tiene todavía la infraestructura necesaria para mantener ese ritmo.

Aquí donde empieza a verse con claridad el papel de Sam Altman: no toma una decisión donde todo cambia sino que empieza a introducir, de forma progresiva, poco a poco la idea de que la misión original de OpenAI no se puede cumplir si no se compite. Y eso implica atraer capital, alianzas estratégicas, dejar de ser abierta y sin ánimo de lucro y empezar a ser un empresa más.

Para una parte del equipo de OpenAI, especialmente la más cercana a la investigación, la prioridad sigue siendo avanzar con cautela, entender los modelos y mantener un cierto control sobre cómo y cuándo se despliegan, pero Altman introduce la idea de que si ellos no construyen la tecnología, alguien más lo hará.

Microsoft: el momento en el que todo cambia de escala

El acuerdo con Microsoft no es solo una inversión, es una redefinición completa de OpenAI.

Microsoft aporta acceso a computación a gran escala, infraestructura y la capacidad de desplegar productos en un entorno real. A cambio, obtiene acceso privilegiado a la tecnología que OpenAI está desarrollando.

OpenAI deja de moverse como un laboratorio que publica resultados y pasa a operar como una organización que construye sistemas utilizables. Altman entiende que el impacto real de la inteligencia artificial no vendrá únicamente de los papers, sino de su adopción. Y la adopción requiere productos.

ChatGPT: el punto de no retorno

Cuando ChatGPT se lanza en noviembre de 2022, el impacto supera cualquier previsión interna.

Es el primer contacto masivo de millones de personas con sistemas de inteligencia artificial capaces de generar lenguaje de forma coherente, útil y accesible y, en pocos días, OpenAI pasa de ser una organización conocida dentro del sector a convertirse en el centro de la conversación global.

A partir de ese momento, OpenAI ya no está compitiendo en un entorno relativamente contenido y Sam decide que la velocidad y el ritmo ahora que hay competencia, deben aumentar.

Ese crecimiento empieza a generar fricciones y tensiones internas. No todo están de acuerdo con la nueva visión de Altman sobre qué lanzar y cuándo, cómo comunicar avances y, sobre todo qué límites establecer. Sam prioriza el crecimiento, otros la precaución.

Ilya Sutskever y otros perfiles más orientados a la investigación siguen planteando preguntas que no siempre tienen respuestas inmediatas: ¿Se está avanzando demasiado rápido? ¿Se entienden realmente las capacidades de los modelos? ¿Se están introduciendo suficientes mecanismos de control?

La semana del despido, vista desde dentro de la historia

Cuando el consejo decide cesar a Sam Altman aquel viernes de noviembre, no está reaccionando a un episodio aislado ni a una decisión concreta, sino a una trayectoria y a una forma de construir que ha introducido riesgos que no todos están dispuestos a asumir al mismo ritmo.

El despido no es, en ese sentido, una ruptura repentina, sino la consecuencia de una tensión acumulada durante años.

Lo que el consejo no anticipa es hasta qué punto OpenAI ya depende de Sam Altman, no solo como CEO sino como punto de conexión ente investigadores e inversores, la tecnología con el mercado.

La reacción de los empleados, la intervención de Microsoft y la velocidad con la que todo se reconfigura en apenas un fin de semana son la prueba de que OpenAI ya no funciona como una organización tradicional.

Si uno mira hacia atrás, la escena inicial (esa videollamada, la decisión y ese comunicado sin mucho detalle) es el punto visible de una historia mucho más larga.

Una historia que no empieza en 2023, ni con OpenAI. Empieza con alguien que entendió muy pronto que la tecnología no es solo una herramienta, sino una forma de intervenir en el mundo.

Y que, una vez dentro del sistema, decidió no limitarse a observarlo sino tener un papel importante dentro de él.