Marzo terminó con Anthropic en el peor momento público de toda su historia.
Declarada oficialmente un riesgo para la cadena de suministro de seguridad nacional, demandando al Pentágono en dos tribunales distintos al mismo tiempo, con documentos internos filtrados circulando por GitHub y con el secretario de Defensa Pete Hegseth llamando públicamente a Dario Amodei “lunático ideológico” durante una audiencia en el Senado, la imagen, como vimos en otro artículo, era el de una empresa en caída libre.
Públicamente, Donald Trump había ordenado a las agencias federales cesar el uso de su tecnología y Hegseth llegó incluso a escribir en X que ningún contratista, proveedor o socio del ejército estadounidense podría mantener relaciones comerciales con Anthropic, algo que los analistas jurídicos describieron como un intento de aislamiento corporativo coordinado desde el propio Estado.
Mientras todo eso ocurría “delante de las cámaras”, en los pasillos comenzaba otra historia muy distinta. Mientras parte del gobierno intentaba expulsar a Anthropic de Washington, otra parte del mismo hacía lo contrario: La NSA seguía utilizando Mythos, el Departamento de Comercio lo evaluaba internamente, el Tesoro y la Reserva Federal advertían discretamente a grandes bancos sobre las capacidades defensivas del sistema frente a amenazas cibernéticas avanzadas y gobiernos aliados pedían reuniones técnicas. Según varias fuentes, incluso el propio Pentágono continuó utilizando Claude dentro de determinados entornos clasificados durante la campaña contra Irán, incapaz de prescindir de una herramienta que oficialmente ya no debía existir dentro del ecosistema federal.
Semejante contradicción merece que nos detengamos a hacer una reflexión. Si el propio Pentágono seguía usando Claude en entornos clasificados mientras su secretario de Defensa lo declaraba enemigo del Estado en el Senado, solo hay dos lecturas posibles: o Hegseth no controlaba a su propia institución, o sabía perfectamente que el veto era performativo. Ninguna de las dos opciones es tranquilizadora, pero ambas apuntan en la misma dirección: la cruzada pública contra Anthropic y el uso real que se hacía de su tecnología eran dos cosas distintas, y los que tomaban decisiones operativas en el aparato de seguridad nacional ya habían decidido cuál de las dos importaba.
Todo hace pensar que nunca se trató de un simple conflicto político y que el problema real nunca fue Anthropic, sino Mythos.
Mythos, el modelo que Anthropic había filtrado por error y que sus propios documentos describían como “una amenaza cibernética sin precedentes”, resultó ser exactamente lo que medio gobierno necesitaba con urgencia. No olvidemos que Mythos no solo puede encontrar y explotar vulnerabilidades de software, sino que es capaz de hacerlo a una escala y velocidad que lo convierte en la herramienta de ciberdefensa más poderosa que existe. El gobierno de Trump se había metido solo en una trampa kafkiana: había declarado enemiga del Estado a la única empresa que tenía la herramienta que el Estado necesitaba desesperadamente. Cuanto más peligroso parecía el modelo sobre el papel, más imprescindible se volvía para quienes tenían que defender infraestructuras estratégicas (por ejemplo, de posibles ciberataques procedentes de China, Rusia o Irán).
Pero lo que Washington descubrió en directo durante esas semanas no fue únicamente que Anthropic fuera peligrosa, sino algo mucho peor para un Estado acostumbrado a ejercer su poder: que ya no controla a sus empresas más estratégicas, sino que las necesita. La soberanía tecnológica del siglo XXI no se ejerce apartando empresas del ecosistema federal, se ejerce dependiendo de ellas. Esa dependencia, una vez visible, era muy difícil de obviar y por eso el episodio de marzo no fue solo una crisis política para Anthropic sino la primera vez que se hizo evidente, dentro y fuera de Washington, que la administración estadounidense había perdido capacidad real de prescindir de sus propios laboratorios privados.
La fractura dentro de Washington empezó a hacerse visible: mientras Hegseth mantenía públicamente el discurso de la amenaza ideológica y de la seguridad nacional, otras partes de la administración comenzaban a darse cuenta de que Anthropic podía resultar incómoda políticamente, pero excluirla del ecosistema tecnológico estadounidense podía ser todavía más peligroso.
Trump empezó a suavizar públicamente el tono y llegó a decir en CNBC, hablando de los mismos ejecutivos a los que semanas antes había llamado “izquierdistas radicales” y “lunáticos woke”, que eran “gente muy inteligente” y que le gustaban “las personas con alto coeficiente intelectual”. Algo estaba pasando.
Dario Amodei se reunió en la Casa Blanca con la jefe de gabinete Susie Wiles y con el secretario del Tesoro Scott Bessent, y se reveló después que la administración estaba trabajando internamente en fórmulas para reincorporar parcialmente a Anthropic sin parecer que daba marcha atrás de forma humillante, lo que algunas fuentes citaron como un “guardar las apariencias y traerlos de vuelta“. El OMB envió un correo interno a agencias gubernamentales indicando que pronto podrían usar una versión “modificada” de Mythos y algunos medios afirmaron que “cada agencia excepto el Departamento de Defensa” quería utilizar la tecnología de Anthropic.
Hegseth seguía en la trinchera, repitiendo en cada aparición pública que Anthropic seguía siendo un riesgo de cadena de suministro, aunque cada vez era más evidente que estaba solo. La cruzada contra Anthropic había pasado de ser una prioridad de la Casa Blanca a ser el proyecto personal de un secretario de Defensa y la administración Trump parecía estar “buscando una salida”. Lo que nadie sabía todavía es que esa salida iba a llegar desde el lugar más inesperado posible.
El hombre que dijo que Anthropic odiaba la civilización occidental
El 6 de mayo, SpaceXAI anunció que entregaba a Anthropic acceso completo y exclusivo a Colossus 1, su supercomputador de Memphis y el mayor del mundo. La noticia cayó en la industria como una bomba, porque hasta esa misma semana Musk y Anthropic estaban, a todos los efectos, en plena guerra.
Para entender la magnitud de lo que pasó el 6 de mayo hay que repasar exactamente qué dijo Elon Musk sobre Anthropic en los meses anteriores. No es que tuviera una opinión negativa, es que fue uno de los atacantes más activos y más visibles durante todo el conflicto. En febrero Musk escribió en X que Anthropic “odia la civilización occidental” y Hegseth lo reposteó inmediatamente. Un mes antes había llevado personalmente a Hegseth a las oficinas de SpaceX para presentarle Grok como la alternativa a Claude en redes militares, y un operativo de DOGE afín a Musk había sido nombrado director de datos del Pentágono con el mandato explícito de “supervisar la eliminación de Anthropic” de los sistemas militares.

Por eso el anuncio del 6 de mayo resultó tan extraño. Después de meses atacando a Anthropic, Musk publicó que había pasado varios días reuniéndose con sus directivos y que había quedado “impresionado” con su compromiso respecto a la seguridad y el futuro de la humanidad. Añadió que “nadie activó mi detector de maldad”, una frase que, dada la historia, resultaba casi cómica.
Y con eso, SpaceXAI entregó a Anthropic el acceso completo y exclusivo a Colossus 1.
Qué es exactamente Colossus 1 y por qué importa tanto este acuerdo
Colossus 1 es un clúster de más de 220.000 GPUs de Nvidia ubicado en Memphis, Tennessee, en lo que fue una antigua planta de Electrolux en el barrio de Boxtown. Incluye aceleradores H100 y H200, los chips más potentes de Nvidia hasta hace poco, y los nuevos GB200, la generación actual de vanguardia. Tiene más de 300 megavatios de capacidad, suficiente energía para alimentar 300.000 hogares simultáneamente.
xAI lo construyó desde cero en 122 días, algo que la industria consideraba imposible y que Musk convirtió en uno de sus argumentos de venta favoritos para la IPO. “El supercomputador más grande y más rápidamente desplegado del mundo”, según el comunicado oficial y al que Anthropic tiene acceso en exclusiva desde esta semana.
Los efectos prácticos fueron inmediatos. Ese mismo día, Anthropic anunció que duplicaba los límites de velocidad de cinco horas de Claude Code para todos los planes de pago: Pro, Max, Team y Enterprise. Eliminó las reducciones de límites en horas pico para cuentas Pro y Max, que habían sido fuente de frustración creciente entre los desarrolladores, y aumentó considerablemente los límites de la API para los modelos Claude Opus. Era la mejora necesaria para los usuarios que ya estaban pagando y que llevaban semanas chocando contra los límites del sistema.
Ahora bien, en la superficie parece que Musk rescata a Anthropic regalándole GPUs. Pero si miramos atentamente puede que sea exactamente al revés: Anthropic llega con un crecimiento de demanda real, ingresos recurrentes y, sobre todo, con la única cosa que xAI no podía comprar con dinero: legitimidad técnica ante los inversores que tienen que creerse la valoración de la IPO. Una sola frase del comunicado conjunto, la que menciona el “interés en desarrollar múltiples gigavatios de capacidad de cómputo orbital“, puede acabar pesando más en la valoración bursátil de SpaceXAI que todo el hardware que xAI ha desplegado en Memphis durante el último año. Quien necesitaba al otro, en realidad, era xAI.
Por qué lo hizo Musk
Nadie que conozca esta industria se cree que la causa es que Musk se quedó impresionado con los valores de Anthropic, así que todo apunta a varias razones de peso.
La primera es la más urgente: limpiar el balance antes de la IPO. SpaceXAI está planeando salir a bolsa en junio, en menos de treinta días desde el anuncio, con una valoración objetivo de 1,75 billones de dólares, lo que la convertiría en la mayor salida a bolsa de la historia, superando a Saudi Aramco. Pero Colossus 1 estaba siendo utilizado al 11% de su potencial, según The Information, frente al 40% que logran los clusters de empresas rivales. Eso en un balance de cara a inversores es devastador: un activo de miles de millones generando pérdidas en lugar de ingresos.

Por su parte, Anthropic, que según su propio CEO, creció 80 veces en el primer trimestre de 2026 cuando solo había planeado crecer 10, llegó en el momento exacto para convertir ese problema en una línea de ingresos recurrentes y de alto margen. Por lo que la jugada parece perfecta: supervivencia financiera antes del evento más importante de la historia de la empresa. Anthropic necesitaba desesperadamente capacidad computacional para sostener el crecimiento de Claude y xAI necesitaba desesperadamente transformar capacidad ociosa en ingresos recurrentes y legitimidad estratégica.
La segunda razón es más estratégica y apunta al espacio. SpaceXAI ha presentado ante la FCC una solicitud para lanzar hasta un millón de satélites como centros de datos orbitales y Musk lleva meses vendiendo la visión del cómputo en el espacio como el futuro inevitable de la IA, argumentando que la energía solar orbital es infinita y que, junto con la refrigeración en vacío, podría resolver parte de los límites físicos y energéticos de los centros de datos terrestres.

Precisamente por ello, Terafab, el proyecto para fabricar de chips de hasta 119.000 millones de dólares que SpaceX construye en Texas junto con Intel, destinará el 80% de la producción a infraestructura orbital. El problema es que en su propio documento confidencial de salida a bolsa, SpaceXAI admite que el cómputo orbital “implica tecnologías no probadas y puede no ser comercialmente viable”. Para que esa visión parezca real ante los inversores necesita que alguien creíble diga públicamente que quiere comprarlo… y el comunicado del acuerdo incluye que Anthropic “expresó interés en desarrollar múltiples gigavatios de capacidad de cómputo orbital” con SpaceX. Algo que no compromete absolutamente nada, sin precio, sin fecha, sin contrato, pero que vale potencialmente cientos de miles de millones en la narrativa de valoración de la IPO y le da legitimidad técnica a una idea que todavía parece ciencia ficción para gran parte del mercado.
El tercer motivo es el más evidente: el enemigo común, Sam Altman.
Musk está en pleno juicio contra Sam Altman y OpenAI, el proyecto que ayudó a fundar con la promesa de evitar que una empresa de IA acumulara demasiado poder para proteger a la humanidad y terminó haciendo lo contrario. Anthropic es el único competidor que hoy parece tener escala, talento y credibilidad suficientes para erosionar de verdad el dominio cultural y técnico de ChatGPT. Ayudar a Anthropic no significa solo monetizar Colossus, sino también fortalecer al rival más peligroso de Altman.

Y hay un cuarto motivo del que casi nadie habla, pero que probablemente sea el más inteligente de todos: la cobertura de riesgo. Si la IPO sale peor de lo esperado, si el cómputo orbital no se materializa en los plazos prometidos, si xAI se queda atrás técnicamente frente a Anthropic y OpenAI en los próximos modelos, Musk se asegura un papel imprescindible: el de proveedor de cómputo de uno de sus principales competidores. Es la jugada que ya ejecutó Microsoft con OpenAI a otra escala: si no puedes ganar la carrera de modelos, conviértete en el suelo sobre el que corren los que sí la ganan.
xAI deja de ser un laboratorio en desventaja y pasa a ser infraestructura crítica de la frontera occidental de la IA, lo que en términos de valoración bursátil y de relevancia estratégica vale tanto o más que ganar la carrera técnica.
No sería la primera vez que la industria gira por una decisión de este tipo.
Los grandes movimientos del sector tecnológico casi nunca los deciden los productos: los deciden los acuerdos de infraestructura firmados bajo presión financiera: IBM cediendo el sistema operativo a Microsoft a principios de los ochenta, Intel abriendo la puerta a AMD durante los noventa para asegurar contratos con IBM, Microsoft entrando en OpenAI cuando nadie más quería poner el dinero… los momentos en que un gigante tecnológico decide dar oxígeno a un rival rara vez son actos de generosidad y, casi siempre, con los años, las empresas terminan confesando que la batalla en la que estaba peleando ya no era la batalla que importaba.
El giro de los usuarios y lo que viene después
Cuando OpenAI aceptó trabajar con el Pentágono bajo términos mucho más flexibles que los que Anthropic estaba dispuesta a aceptar, la primera lectura fue que Altman había ganado la batalla política (obtenía contratos y acceso institucional y se integraba todavía más en el aparato estatal estadounidense) mientras Anthropic, parecía quedarse fuera.
Pero los usuarios interpretaron la situación de manera completamente distinta. Para una parte muy importante de desarrolladores y usuarios avanzados, la negativa de Anthropic a aceptar determinadas condiciones militares no se interpretó como debilidad, sino como credibilidad. Claude subió posiciones en la App Store precisamente durante el momento de mayor conflicto político, porque muchos vieron a una empresa perdiendo contratos por seguir siendo fiel a sus principios, y semanas después, con Mythos y con la creciente dependencia operativa de Washington respecto a determinadas capacidades defensivas, Anthropic terminó recuperando también el acceso institucional que aparentemente había perdido.
Conviene, no obstante, no leer esto como un final feliz. Anthropic acaba de atarse computacionalmente a un competidor directo que es además litigante, impredecible y que hace tres meses afirmaba públicamente que odiaban la civilización occidental.
La dependencia de Colossus 1 es una palanca enorme en manos de Musk: si mañana decide cortar el acceso, renegociar condiciones o vincularlo al éxito de la IPO, Claude se queda sin la escala que acaba de prometer a sus usuarios. La supervivencia de hoy puede ser el chantaje potencial de mañana. Y Anthropic, que hasta ahora había construido buena parte de su credibilidad sobre la idea de no depender de nadie, acaba de aceptar depender precisamente del actor menos predecible del ecosistema.
Visto en perspectiva, nada de lo que pasó en los últimos meses tiene sentido si se mira como un conflicto político. Hegseth, Mythos, los tribunales, las filtraciones, la cruzada de Musk en X, la reconciliación repentina, los gigavatios orbitales… todo encaja solo cuando se acepta que el escenario real nunca fue Washington, sino Wall Street. Y que el horizonte real no era el Pentágono, sino la órbita espacial.
En menos de treinta días, SpaceXAI intentará la mayor salida a bolsa de la historia, con una valoración construida en parte sobre una promesa que solo es creíble si Anthropic la firma: que el futuro del cómputo no está en Memphis ni en Texas, sino a 550 kilómetros de altura. Por eso Musk dejó de llamarlos enemigos de la civilización occidental, por eso Trump empezó a hablar de “gente muy inteligente” y por eso medio gobierno trabajó en silencio para traerlos de vuelta mientras la otra mitad fingía expulsarlos.
Lo que parecía la peor crisis de la historia de Anthropic resultó ser otra cosa: la prueba de que ya nadie en este negocio puede permitirse el lujo de prescindir de los demás. Ni el Pentágono, ni la Reserva Federal, ni los aliados europeos, ni siquiera el hombre que llevaba un año intentando destruirlos. Mythos abrió la puerta, pero lo que de verdad estaba en juego al otro lado era una IPO de 1,75 billones de dólares y un millón de satélites esperando a ser lanzados.
En Silicon Valley llevan años repitiendo que la próxima gran batalla de la IA se iba a librar en el espacio. Lo que casi nadie había visto venir es que la primera batalla seria del cómputo orbital no se iba a ganar con un cohete, sino con un comunicado de prensa firmado entre dos empresas que, hasta hace tres meses, se estaban demandando ante medio Washington.

