A principios de 2025, durante unas horas, miles de negocios online dejaron de funcionar sin motivo aparente: tiendas online que no cargaban, servicios caídos y páginas a las que no se podía acceder. No se trataba de un ciberataque, sino en un intento de bloquear retransmisiones ilegales de partidos de fútbol.
A finales de 2024 una sentencia permitió a LaLiga y a Telefónica/Movistar Plus+ a ordenar el bloqueo de direcciones IP (en un principio asociadas a la piratería de partidos de fútbol) y a partir de febrero de 2025 comenzaron los bloqueos masivos. Hasta ahí, todo más o menos normal.
El problema era que durante los partidos de LaLiga, las operadoras (Movistar, Orange, Vodafone, Digi…) bloqueaban direcciones IP que afectaban a muchos otros negocios que no tenían nada que ver con la piratería, ni tan siquiera con el fútbol, pero compartían dirección IP (más o menos es como si cortaran el acceso a la luz de todo un pueblo porque en una casa de se estuviera haciendo algo ilegal).
Cloudflare es una de las empresas más importantes de internet a nivel mundial. Es lo que se llama una “connectivity cloud” (nube de conectividad) y actúa principalmente como un proxy inverso y una red de distribución de contenidos (CDN). Explicado de forma más fácil, lo que hace Cloudflare es situarse entre los usuarios y el servidor donde está alojada la web. Cuando alguien entra en una web que usa Cloudflare, la petición no va directamente al servidor original, sino que pasa primero por la red global de Cloudflare que acelera la carga de la página, protege contra ataques (como DDoS), gestiona la seguridad y distribuye el contenido de forma más eficiente.
Para hacer su servicio más barato y rápido, Cloudflare permite que miles de webs diferentes compartan las mismas direcciones IP (esto es algo habitual en internet, no es nada extraño).
Cuando miles de webs se quedaron sin acceso por el incidente de LaLiga y Movistar, recuerdo que alguien publicó un post en X diciendo que era “como si, para detener un coche que huye con bolsos falsificados, la policía decidiera cortar toda la A6”.
Pero más allá del caso de Cloudfare, me interesa hacer una reflexión sobre lo que revelan este y otros casos parecidos: no solo dependemos de herramientas concretas (todos hemos “sufrido” un poco cuando se cae ChatGPT o Instagram…), sino de capas enteras de infraestructura que no vemos, que no controlamos y que pueden fallar o cambiar sin previo aviso.
El coste visible de esa comodidad
La pregunta que muchos nos hacemos es: ¿Cómo hemos llegado a depender tanto de sistemas que no controlamos?
Vivimos en una época en la que tenemos todo al alcance de un clic: consultamos Wikipedia, tenemos mapas nos guían en cualquier ciudad, acceso a cursos completos de cualquier tema y una inteligencia artificial (o varias) que nos responde cualquier pregunta a cualquier hora. Podemos decir que todo es cómodo, rápido y, en algunos casos, bastante barato.
Nos hemos acostumbrado a la nube hasta el punto de no plantearnos qué implica realmente. No solo cuánto pagamos, sino qué estamos cediendo a cambio de esa comodidad. Pero el principal problema no es lo que pagamos, sino que ni siquiera entendemos bien por qué estamos pagando.
Cuando miras cada servicio por separado, todo parece más o menos razonable: unos euros al mes por almacenamiento, otros por música, otros por contenido, otros por herramientas de trabajo… pero cuando se suman, la cifra empieza a asustar un poco más. Entre suscripciones como ChatGPT Plus, almacenamiento en la nube, o plataformas de streaming, es fácil que una familia de media esté pagando entre 40 y 80 euros al mes, que al año es una cifra más que considerable.
Pero más allá de la cantidad, ¿nos hemos parado a pensar que ese gasto no genera propiedad? No compramos nada, solo pagamos indefinidamente por seguir teniendo acceso y, si dejamos de pagar, desaparece todo. A este primer coste hay, además, que sumarle otros menos visibles que también tenemos que valorar.
Segundo coste: los datos, pero no sólo los que creemos
Cada vez que utilizamos un servicio en la nube, entregamos datos. Antes esto era un efecto colateral que nos importaba, aunque no tanto. El problema es que con la implantación masiva de la inteligencia artificial, esta cesión de datos deja de ser “colateral” para ser la parte central del modelo.
Cuando OpenAI anunció que la publicidad llegaría a ChatGPT (una transición que ya nos esperábamos los que conocimos Google sin anuncios…) me hizo reflexionar mucho. Hasta ahora los datos entran al algoritmo que, por ejemplo en redes sociales, me muestra cosas que me interesan e incluso anuncios que se adaptan a mis gustos (o al menos acordes a mis búsquedas). Que una tienda online me muestre publicidad de ropa del color que me gusta, o libros del estilo de los que suelo leer, no solo no me parece mal sino que (a mi edad, no hablo de menores) hasta me puede servir o ayudar.
¿Pero qué ocurre si la herramienta a la que le preguntas, le confiesas lo que no sabes, e incluso le muestras tus preocupaciones, le vende esos datos a los anunciantes? Hay personas que preguntan a ChatGPT (Claude, Gemini… da lo mismo) sobre cosas más íntimas, preocupaciones laborales, financieras o de salud. Le pedimos ayuda para buscar una universidad para tu hijo, o para hacer un regalo a alguien, le preguntamos por un tratamiento médico o una deducción fiscal. Sin darnos cuenta confiamos a una herramienta, y por ende, a una empresa privada, nuestra intimidad y en poco tiempo será capaz de saber, uniendo todos los datos que consultamos, hasta cuantos miembros hay en tu familia y sus edades, por poner un ejemplo “suave”.
A eso hay que añadirle otra capa de información “menos importante” como qué buscamos, cuánto tiempo leemos, qué documentos subimos, cómo escribimos o con quién interactuamos. Le damos, por si fuera poco, acceso a nuestro email (empresas como Google ya lo hacían pero ahora la información cruzada es bastante más completa), subimos documentos, pdfs, nóminas y algunos hasta análisis de sangre… y ellos lo reciben felices y lo “empaquetan” en un papel de regalo precioso para entregárselo a anunciantes, que lo utilizarán para construir perfiles extremadamente detallados (y valiosos).
A veces no somos conscientes de que Google Maps tiene acceso a información como dónde te levantas, donde trabajas y a donde vas, Whatssapp (propiedad de Meta) tiene acceso a la galería de fotos de tu móvil, Siri o Alexa escuchan constantemente para poder identificar cuando les pides algo, Apple sabe a qué servicios te suscribes, tu smart TV o la aspiradora con sensores y hasta la Thermomix se conectan a la nube,… Lo sé. “Oficialmente” no se pueden vender esos datos, “oficialmente” muchos están cifrados o necesitan permisos,… pero todos sospechamos cuando nos aparecen anuncios de cosas de las que has hablado o en los informativos hablan de la “última fuga de datos” que ha sufrido una gran empresa.

La comodidad, si nos paramos a pensarlo, no es gratuita. Se financia con información y con nuestra cuenta bancaria. Pero como decía Super Ratón en los años 80: “no se vayan todavía, aún hay más“.
El coste que tendemos a olvidar
Existe un tercer coste del que sí somos conscientes alguna vez, pero tendemos a olvidar: la fragilidad.
¿Cuántas veces te has sorprendido a ti mismo intentando refrescar una página o actualizar el feed de una red social sin éxito? “¿Se ha caído Instagram?”, preguntamos en X.
El apagón que sufrimos en abril de 2025 a nivel nacional, las caídas de servicios de IA durante unas horas, o los bloqueos de IPs que comentaba al principio de este artículo, nos hacen darnos cuenta de esa dependencia… pero al día siguiente lo volvemos a olvidar.
Todo funciona mientras hay conexión, mientras los servidores estén operativos y mientras las condiciones no cambien, pero basta una caída o una subida de precios unilateral por la empresa donde alojamos nuestra tienda (casos como el de Shopify en 2023 que en una noche subió todos los precios un 34%, o el de Canva) para que tu trabajo o negocio se resienta y no puedas hacer nada. Tu vida digital (y a veces la personal o profesional) se ve afectada por una infraestructura que no controlas tú.
Como la mayoría del tiempo el sistema funciona, tendemos a dejar todo externalizado, dejamos de organizar nuestra información, dejamos de construir sistemas propios y nos acostumbramos a buscar en lugar de estructurar. Hemos normalizado consultar algo en lugar de recordarlo y así, delegamos en herramientas externas todo lo que antes formaba parte de nuestro propio proceso mental y, poco a poco, dejamos de ser dueños de nuestro conocimiento.
Yo creo que con las dimensiones que está alcanzando la nube y la normalización que hemos hecho de su uso, ya no es solo una cuestión tecnológica sino de autonomía. Porque la nube funciona y es muy útil, pero olvidamos que es una comodidad prestada, y cuando algo es prestado, alguien que no eres tú pone las reglas.
La alternativa: Project N.O.M.A.D. (Node for Offline Media, Archives, and Data)
En los últimos años, cada vez más personas están cuestionando este modelo, no desde una visión extrema, sino desde una decisión práctica y muchas veces incluso económica. Nos parece más necesario reducir dependencia, recuperar el control de nuestros documentos, emails e incluso dejar de pagar a quien los utiliza en beneficio propio y cuyo acceso podemos ver limitado sin previo aviso.
Seguimos dependiendo de la red eléctrica, de la conexión a internet, así que no se trata de desconectarse del mundo sino de elegir qué parte del sistema quieres controlar tú y qué parte le dejas a otros.
Con esta nueva forma de pensar han aparecido proyectos open source gratuitos como Project N.O.M.A.D. (Node for Offline Media, Archives, and Data) desarrollado por Crosstalk Solutions, un sistema permite convertir un ordenador en un nodo de conocimiento y herramientas que funciona sin internet una vez instalado.
Project N.O.M.A.D. invierte la lógica de depender de la nube. Solo necesitas conexión para instalarlo y descargar contenidos y, una vez instalado, te permite tener acceso sin conexión a internet a herramientas muy útiles: la Wikipedia completa, mapas del mundo, cursos educativos (como los de Khan Academy), un sistema de notas y, lo más interesante, una inteligencia artificial local (basada en Ollama) que puedes utilizar con tus propios documentos o con el contenido descargado, todo dentro de tu red doméstica y sin enviar datos a ninguna empresa externa.
Funciona como un “nodo digital propio”: privacidad, independencia y un ahorro en suscripciones a servicios en la nube, aunque tiene ventajas pero también limitaciones.

Por un lado, ya hemos visto que ofrece independencia total tras la instalación. No hay que crear cuentas, no hay rastreadores y no hay suscripciones. Además no tienes anuncios ni algoritmos que deciden lo que ves. Algo bastante interesante es que tienes la posibilidad de usar inteligencia artificial sobre tus propios datos, de forma privada, en local.
Pero ojo, que esa independencia tiene otro tipo de coste en términos de hardware: para un uso normalito, el sistema puede funcionar con recursos normalitos, pero si quieres utilizar IA necesitas un equipo con bastante memoria y, en muchos casos, una GPU dedicada (se recomiendan al menos 32 GB de memoria RAM y una tarjeta gráfica dedicada, como una RTX 3060) El modelo de IA que descargues, además, trabajará solo con los datos descargados, por lo que no sirve para todo el mundo (por ejemplo si necesitas noticias y actualidad).
Otras alternativas
Project N.O.M.A.D. es un caso dentro de un ecosistema cada vez mayor de herramientas que buscan devolver al usuario el control sobre su “entorno “vida” digital.
Un servidor NAS, por ejemplo, permite almacenar y compartir archivos en casa sin depender de servicios externos, Nextcloud es como una nube privada para documentos, calendarios y contactos, herramientas como Immich organizan fotos sin enviarlas a terceros y aplicaciones como Joplin o Logseq permiten gestionar notas de forma local. Incluso en el ámbito del conocimiento, existen soluciones como BookStack o Wiki.js para construir tu propio sistema de información, o Internet-in-a-Box para acceder a contenidos educativos sin conexión.
Poder elegir, esa es la clave
Project N.O.M.A.D. y las herramientas de independencia digital no son una solución mágica ni un camino hacia la autosuficiencia total, sino una opción disponible para quien quiere reducir su dependencia de suscripciones mensuales, recuperar cierto control sobre sus datos y tener acceso a información fiable y herramientas incluso cuando decide desconectarse voluntariamente.
Y sobre todo valorar el precio que estamos dispuestos a pagar por esa comodidad que nos dan los servicios en la nube.

